Archive for 23 junio 2010

¡Mil dólares por un plato de hommos!

junio 23, 2010

Cuenta Salah Jamal en su libro Aroma árabe que, en cierta ocasión, un príncipe saudita octogenario que paraba por Barcelona, harto de alimentarse con las mejores exquisiteces de la cocina española, que encontraba insulsas, le espetó a su asistente libanés: “¡Pagaría ahora mismo mil dólares por un plato de hommos y cebolla tierna!”. Aquel exabrupto de insatisfacción encendió inmediatamente en el libanés el instinto comercial de sus antepasados fenicios. Unos meses más tarde se inauguraba en la parte alta de Barcelona, cerca de cierta clínica oftalmológica de gran renombre, el primer restaurante árabe de la ciudad.

Han pasado más de tres décadas desde entonces y hoy ya no son sólo los turistas del golfo Pérsico quienes exigen regalarse el paladar con comida árabe. Raro es el barcelonés que no ha probado los guisos de Oriente Medio. Algunos afortunados exploradores, durante sus viajes. Otros muchos, en los restaurantes de nuestros barrios. Gràcia es probablemente el mejor lugar de Barcelona para los amantes de la gastronomía exótica. Sólo en la calle Verdi, por ejemplo, hay restaurantes de Siria, Líbano, Egipto, Palestina e Irak. Los precios son razonables (nada que ver con los de aquel primer local de lujo), al alcance de los bolsillos de la gente joven que frecuenta la zona.

Los ingredientes de la cocina árabe son muy parecidos a los de la cocina ibérica, pero están preparados con tanta sabiduría que los platos resultan exquisitos. No en vano, y pese a quien le pese, la civilización islámica, en esto del arte de los fogones, como en otras tantas cosas, le da unas cuantas vueltas a la nuestra.

Una historia triste

junio 21, 2010

La Casa Bloc es, sin duda, la joya arquitectónica del barrio de Sant Andreu. Concebida en 1932 como un proyecto pionero para albergar dignamente a familias de clase obrera, sigue hoy en pleno uso y luciendo, recién restaurada, un aspecto impoluto. En la esquina del paseo de Torras i Bages con la calle Almirall Proixida, no obstante, las persianas destartaladas de un piso vacío contrastan con el resto del edificio.

El causante de tal chapuza fue José Antonio, un antiguo capitán del Ejército retirado por problemas psicológicos, que impidió con cajas destempladas que los obreros que habían de remozar su trozo de fachada accedieran a su piso. Y es que esa casa era el templo inviolable donde él cuidaba con celo a su madre, una ancianita que padecía una demencia senil y ya no salía a la calle.

Jamás se separaba de ella y juntos estaban cuando la policía los encontró sin vida un triste día de febrero de 2008. Al parecer, él murió de una embolia. Ella, al decir de los vecinos, de pura melancolía…

Las armas las carga el diablo

junio 17, 2010

La sociedad catalana de finales del siglo XIX era profundamente injusta. Una parte de la población sufría unas condiciones de vida miserables. Algunos obreros de ideología anarcocomunista cuestionaban el sistema político, económico y social imperante mediante la propaganda por los hechos: a bombazos. Las bombas orsini, una especie de granadas de mano que estallaban al impactar, fueron utilizadas en diversos atentados. El 24 de septiembre de 1893, por ejemplo, Paulí Pallàs hirió con uno de estos artefactos al capitán general Arsenio Martínez Campos, durante una revista militar en el cruce de la Gran Via de les Corts Catalanes con Muntaner. Para vengar la muerte de Pallàs, que fue juzgado y fusilado en Montjuïc, Santiago Salvador lanzó dos bombas orsini más en el Liceo, el 7 de noviembre de 1893, durante la representación de una ópera. Aunque, por suerte, sólo la primera de las dos explotó, el resultado fue pavoroso: 22 personas muertas y 35 heridas.

A raíz del atentado del Liceo, una parte de la buena sociedad barcelonesa empezó a identificar a los anarquistas, y en general a la clase obrera, con la parte más oscura del alma humana. Dos años después de estos hechos, Antoni Gaudí, un cristiano ferviente, esculpió en el pórtico de la Virgen del Rosario de la Sagrada Familia La tentación del hombre, simbolizada por un anarquista que recibe una bomba orsini de una garra diabólica. Las armas las carga el diablo, afirma el dicho. Y las bombas orsini, opina Gaudí, también.

Recorrido por la Barceloneta

junio 16, 2010

Este recorrido parte del pla del Palau y recorre el barrio de la Barceloneta hasta llegar al mar

Situada en una cuña de tierra entre el puerto y la playa, la Barceloneta es el más marinero de los barrios de la ciudad. Sin duda, un barrio cuyas calles y plazas se llaman Atlàntida, Mediterrània, Pinzón, Andrea Dòria, almirall Barceló, almirall Cervera, almirall Churruca, Mariners, Pescadors, Llagut… respira mar por todos los costados.

La Barceloneta nació en el siglo XVIII como un barrio de nueva planta destinado a albergar a los barceloneses que se habían visto privados de sus casas en la Ribera, a raíz de la construcción de la Ciudadela, y que malvivían en barracas en la Mar Bella.

Las obras fueron impulsadas por el capitán general de Cataluña, Juan Miguel de Guzmán Dávalos Spínola, marqués de la Mina, y se realizaron entre 1753 y 1760 bajo la dirección de los ingenieros Juan Martín Cermeño y Francisco de Paredes.

Nuestro recorrido parte de la antesala de la Barceloneta: el pla del Palau (metro línea 4, Barceloneta). El nombre se debe a que aquí (en la manzana que está frente a la fachada principal de la Llotja) hubo un palacio gótico que fue residencia de los capitanes generales y en el que se alojó la reina Isabel II durante su visita a Barcelona de 1846. Este palacio real fue destruido por un incendio en 1875.

El pla del Palau está lleno de edificios dignos de ser contemplados: la Llotja, los porxos d’en Xifrer, la fuente del Geni català y la Aduana Nueva. La Llotja es un magnífico edificio neoclásico (1802) del arquitecto Josep Soler i Faneca. Atesora en su interior una sala gótica de 1392, obra de Pere Arbey. En la edad media era un lugar de transacciones comerciales y fue la sede de la Bolsa de Barcelona hasta 1994, cuando se trasladó al paseo de Gracia.

La fuente del Geni català (1856), obra de Francesc Daniel Molina, fue levantada en honor de José Bernaldo de Quirós, marqués de Campo Sagrado, el capitán general que promovió en 1824 la canalización del agua potable de Montcada hasta Barcelona. Las estatuas sedentes representan las cuatro provincias catalanas y las cabezas de leones, los ríos Llobregat, Ter, Ebro y Segre. Para apreciar con detalle el monumento sin jugarse la vida en la jungla del asfalto hacen falta prismáticos.

Los porxos d’en Xifrer (1836) deben su nombre a un rico indiano, Josep Xifrer i Casas (1777-1856), quien hizo una gran fortuna exportando productos tropicales de Cuba a los Estados Unidos. Después de mucho tiempo por esos mundos, Xifrer compró en 1835 unos terrenos delante de la Llotja para construir el gran edificio donde fijaría su residencia definitiva. En la fachada del caserón se ven angelotes arrastrando sacos llenos de café, azúcar y tabaco, además de navegantes y descubridores, cuernos de la abundancia, indias con penachos… Por cierto, se dice que desde la terraza de esta finca Picasso pintó algunos de sus paisajes urbanos de Barcelona.

La Aduana Nueva es un edificio de estilo barroco con relieves alegóricos del comercio ultramarino. Fue proyectado como aduana marítima en tiempos de Carlos IV y se terminó en 1792.  Ante la puerta lateral hay dos farolas de Gaudí (1878) que son primas hermanas de las que hay en la Plaza Real, pero esta vez con tres brazos en vez de seis y con un coronamiento diferente.

Al continuar en dirección al mar pasamos junto a la Facultad de Náutica (1933), que se encuentra donde en otro tiempo hubo una puerta de la muralla de mar. Este portal del Mar fue derruido en 1834 y es tristemente célebre porque allí estuvo expuesta durante doce años, en el interior de una jaula, la cabeza del general Josep Moragues (1669-1715), uno de los protagonistas de la resistencia contra Felipe V. Cerca de la puerta de la facultad, un monumento inaugurado en 1999 le rinde tributo.

Cerca del monumento a Moragues se ven los Almacenes Generales de Comercio (hoy Palau de Mar), unos depósitos del antiguo puerto comercial proyectados por el ingeniero Maurici Garrán. Se construyeron entre 1885 y 1900 con acero y ladrillo. El Palau es actualmente la sede del Museu d’Història de Catalunya.

Continuamos por la gran vía de la Barceloneta, el paseo Juan de Borbón, y dejamos a nuestra izquierda, entre las calles Balboa y Ginebra, el Ensanche de la Barceloneta, una zona de finales del siglo XIX cuyo trazado contrasta con el resto del barrio. Las manzanas, los chaflanes y las casas recuerdan al Ensanche barcelonés, claro que a una escala menor, pues estamos en la Barcelona pequeña.

Seguimos por el paseo Juan de Borbón, un lugar muy animado en los días de buen tiempo, repleto de gente que va a la playa o vuelve de ella. Es una calle muy comercial, llena de terrazas y restaurantes de cocina marinera. La siguiente calle perpendicular es la calle de la Maquinista Terrestre y Marítima.

La Maquinista, que fue durante mucho tiempo la empresa metalúrgica y de maquinaria más importante de Cataluña, estuvo en la Barceloneta desde su fundación (1855) hasta que se trasladó a las nuevas instalaciones del barrio de Sant Andreu (1963). Quien recorra la calle hasta el final encontrará la puerta de la factoría, que permanece como vestigio del pasado. Fábricas metalúrgicas como esta atrajeron a la Barceloneta del siglo XIX a muchos obreros, que se añadieron a la población tradicional de marineros, pescadores y trabajadores del puerto.

La siguiente callecita perpendicular al paseo da acceso a la plaza de Sant Miquel, que toma el nombre de la iglesia (1755). El arquitecto fue Damià Ribas y sigue el modelo de las iglesias barrocas romanas. La fachada consta de dos cuerpos, el inferior dórico y el superior jónico. En el inferior hay tres puertas, coronadas con frontones y, sobre las laterales, dos óculos. En el superior hay una fornícula con una estatua de san Miguel y, encima, un frontón triangular rematado por una cruz y dos jarrones con frutas.

El interior de la iglesia tiene tres naves de la misma altura y es fruto de la ampliación que el arquitecto Elies Rogent hubo de hacer en 1863 a causa del gran crecimiento de la población del barrio. Conserva una imagen de san Miguel del retablo mayor de Lluís Bonifaç, que desapareció durante la guerra civil, igual que las esculturas de la fachada y el sepulcro del marqués de la Mina. La campana acabó en el mar, ¿dónde si no? Un esforzado buzo la rescató después de la guerra.

En el edificio que hay junto a la fachada de Sant Miquel, a la derecha, se ve una placa en honor del gran ingeniero Ferdinand de Lesseps, que vivió allí cuando era cónsul general de Francia en Barcelona. En otra fachada de la plaza hay otra placa que recuerda otro hecho importante. Quien la encuentre, seguro que se para a leerla…

La plaza de Sant Miquel es el corazón de la Barceloneta que levantaron los ingenieros militares a mediados del XVIII. Una Barceloneta de trazado rectilíneo, regular, ordenado, racional… Una Barceloneta cuyas casas (en un principio de planta baja y primer piso nada más) se agrupaban en manzanas alargadas, orientadas para recibir mucho sol y estar resguardadas de los vientos húmedos de levante. En fin, un modelo de urbanismo que contrastaba con el desorden de las calles de la Barcelona medieval. Claro que el Ensanche de Cerdà, un siglo más tarde, lo dejaría en pañales.

Justamente detrás de la iglesia (hay que tomar Sant Miquel, girar a la izquierda en Escuder y volverlo a hacer en la siguiente esquina), en la calle Andrea Dòria, hay una reproducción del Negre de la Riba, un antiguo mascarón de proa que en el siglo XIX adornaba la entrada de una tienda, para espanto de las criaturas. Una especie de “coco” de la Barceloneta, vamos. El original está en el Museo Marítimo.

Un poco más allá, en los números 30 y 32 de la calle Baluard encontramos una casa del siglo XVIII que responde al tipo de edificio destinado a almacén. En el siglo XIX fue una fábrica de jarcias y velas. Para ver una casa de viviendas del XVIII hemos de desandar nuestros pasos y seguir por Baluard hasta la calle de Sant Carles (por cierto, Carlos III era quien reinaba cuando se acabó de construir el barrio).

En el número 3 de la calle de Sant Carles, un ejemplo de cómo eran las casas de la Barceloneta primitiva: tenían una planta baja (con dos ventanas y una puerta central) y un primer piso (con otras dos ventanas y un balcón); estaban rematadas con una cornisa y un sencillo frontón, y cubiertas con teja. A partir de 1839, sucesivas autorizaciones permitieron construir más y más pisos, y variar el estilo arquitectónico (véase si no la casa de la esquina con Sant Elm, por ejemplo). Fue el adiós a las calles soleadas. ¡Ah, la especulación…!

Volvemos sobre nuestros pasos por Sant Carles. Enseguida, a mano izquierda, en la esquina con Sant Miquel, vemos un interesante edificio modernista. La siguiente finca modernista (1918), hoy biblioteca pública, fue la sede de la cooperativa de consumo La Fraternitat, fundada en 1879. Un recuerdo de la época en que los obreros de la Barceloneta, como los de tantos barrios industriales, se organizaban para comprar entre todos artículos de primera necesidad a buen precio, defender sus intereses laborales, tener acceso a la cultura o organizar su tiempo de ocio. Un movimiento asociacionista que sería destruido por el franquismo.

Ya que hablamos de destrucciones, más adelante, frente a la plaza del poeta Boscà (que ocupa el solar de lo que en el XVIII fue un cuartel de caballería), encontramos la calle Churruca. Esta calle, más ancha que otras del barrio, es consecuencia del “urbanismo de guerra” franquista, ya que fue “abierta” por los bombardeos aéreos. Tras la guerra civil se construyeron casas nuevas de un estilo muy diferente al tradicional. El puerto de Barcelona, los talleres navales Nuevo Vulcano (situados en el Moll Nou) y La Maquinista fueron objetivos estratégicos para los funestos aviones franquistas, y la población civil pagó las consecuencias.

De nuevo por Sant Carles, al final de la calle, encontramos la fuente de Carmen Amaya, obra de Rafael Solanich (1959). Nos recuerda que la gran bailarina gitana (1913-1963) nació y vivió en las míseras barracas del Somorrostro, que estuvieron aquí hasta 1966. Y es que la playa de la Barceloneta no siempre ha sido un espacio de ocio y diversión…

Y he aquí, unos escalones más arriba, el Paseo Marítimo, el mar y una de las playas más populares de Barcelona, repleta de bañistas en verano. A la izquierda, en dirección a Sant Adrià, se divisan el puerto y los rascacielos de la Vila Olímpica, otro barrio de nueva planta, nacido en este caso con los Juegos de 1992. Por si a alguien le apetece seguir caminando un rato más…

Enlaces relacionados con este recorrido:
Llotja de Barcelona + Facultad de Náutica + Museu d’Història de Catalunya + Mercado de la Barceloneta + Biblioteca de la Barceloneta + Barceloneta Digital

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