Recorrido por la Ciudadela

Este recorrido parte del Arco del Triunfo, atraviesa el parque de la Ciudadela y culmina en la estación de Francia

Acabada la guerra de Sucesión con la toma de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, Felipe V quiso asegurarse de que Barcelona no volvería a alzarse en armas contra él. Para ello, entre 1715 y 1719, sus ingenieros militares levantaron junto a la ciudad una enorme ciudadela destinada a una guarnición permanente dispuesta a reprimir cualquier revuelta.

Para construirla fue necesario derribar 1.200 casas del barrio de la Ribera. Los propietarios de las casas demolidas, además de no recibir indemnización alguna, tuvieron que contribuir a sufragar los gastos de la obra, como el resto de los catalanes, pagando los nuevos impuestos que se establecieron tras la guerra. No es de extrañar que la Ciudadela fuese vista en adelante por muchos barceloneses como un recuerdo de la derrota y un símbolo de opresión.

Pues bien, años más tarde, la revolución Gloriosa de septiembre de 1868 echó del trono a la reina Isabel II de Borbón. En 1869, el nuevo gobierno provisional (del cual el general Joan Prim era ministro de la Guerra) devolvió a Barcelona el control de los terrenos de la fortaleza. Así, se pudo iniciar la demolición de la odiada Ciudadela. La herida que se había abierto en 1719 en el tejido urbano de Barcelona y en la conciencia colectiva de los catalanes comenzaba a cicatrizar. Lo expresaba bien claramente la lápida conmemorativa del inicio de la demolición: “La tiranía de Felipe V, primer Borbón, levantó la Ciudadela. La libertad, al arrojar de España al último Borbón, la derriba. ¡Viva la soberanía nacional!”.

En los terrenos que había ocupado la fortaleza se construyó un parque que, entre abril y diciembre de 1888, formó parte del recinto de la Exposición Universal de Barcelona. Algunos de los monumentos más conocidos de la ciudad fueron levantados con motivo de aquel gran acontecimiento.

El Arco del Triunfo (paseo de Lluís Companys, Arc de Triomf –metro línea 1 y RENFE línea 2–) es uno de ellos. Obra de Josep Vilaseca i Casanovas (1848- 1919), fue la puerta de entrada a la exposición y constituye el símbolo de una Barcelona que pasaba por un momento de euforia, comparable a los que viviría en 1929 y 1992. A las fiestas de inauguración de la exposición acudieron reyes y príncipes extranjeros, y miles de visitantes. Barcelona se abría al mundo como nunca antes lo había hecho.

Los relieves del Arco del Triunfo plasman aquel momento dulce. Los de la fachada principal representan a Barcelona recibiendo a las naciones. Los de la fachada posterior, la entrega de premios a quienes hicieron posible el evento. A los lados hay alegorías de la Industria, la Agricultura, el Comercio, las Ciencias y las Artes. (Por cierto, para quien no lo recuerde, una alegoría es la representación de ideas abstractas por medio de figuras humanas.)

Además, una serie de famas (esas figuras femeninas aladas) pregonan la gloria de Barcelona. Una gloria que, al menos desde el punto de vista estrictamente económico, no era tanta como se pretendía hacer ver. Si bien es cierto que entre 1875 y 1885 Barcelona y Cataluña habían vivido una gran auge económico (la llamada fiebre del Oro), en 1888 corrían tiempos de crisis. Quizá la elección del ladrillo y la cerámica (materiales baratos) para construir este arco no se basara sólo en criterios estéticos…

Cerca del arco hay una estatua dedicada a Pau Claris, presidente de la Generalitat durante la revuelta catalana de 1640 contra Felipe IV. El paseo de Lluís Companys conserva las farolas de la época de la exposición y, a mano izquierda mirando hacia la Ciudadela, se alza el Palacio de Justicia (1887-1908), obra de Josep Domènech i Estapà y Enric Sagnier i Villavecchia. A lo lejos también se ven los dos rascacielos de la Villa Olímpica (un edificio de oficinas y un hotel), que nos recuerdan otro año de fastos: 1992. La nueva sede de Gas Natural, un edificio acristalado obra de Enric Miralles i Benedetta Tagliabue, trata de rivalizar con los rascacielos desde 2006.

Al final del paseo de Lluís Companys hay un monumento de 1901 al alcalde Francesc de Paula Rius i Taulet (1833-1889), el promotor de la Exposición Universal de 1888 y de la urbanización de toda esta área de Barcelona (además de otras zonas del Eixample, el paseo de Colón, etc.). Un prócer que, a jugar por su retrato, tenía mejores asesores en materia de urbanismo que en cuestiones de estética. Le acompañan otras dos estatuas de catalanes ilustres: Roger de Llúria (comandante de la marina catalana en el siglo XIII) y Antoni Viladomat (pintor del siglo XVIII).

Tras cruzar el paseo de Pujades y atravesar una puerta flanqueada por la Industria y el Comercio, dos esculturas de Agapit Vallmitjana, nos adentramos en el parque de la Ciudadela, el meollo de la Exposición en 1888 y, hoy en día, uno de los principales espacios verdes de Barcelona. Su distribución fue obra del arquitecto Josep Fontseré i Mestre (1829-1897). Por cierto, un joven Gaudí que entonces trabajaba a las órdenes de Fontseré diseñó las puertas que acabamos de franquear.

A mano derecha se alza el edificio que el pueblo bautizó, inspirándose en el título de una comedia de Serafí Pitarra, como el Castell dels Tres Dragons. Fue construido para ser el café restaurante de la Exposición y hasta hace poco era Museo de Zoología. Es obra de Lluís Domènech i Montaner. La decoración medievalizante (escudos y almenas) y las torres de las esquinas le dan un aspecto que bien justifica su nombre.

Los aficionados a la botánica pueden encontrar en el parque plantas y árboles de procedencias muy exóticas. También hay “plantadas” aquí y allá esculturas diversas: retratos de naturalistas de la Ilustración, bustos de personalidades de la cultura catalana, una fuente en forma de jarrón decorada con niños y flores, una representación de la fábula de la zorra y la cigüeña, el famoso mamut a cuya trompa todos los niños de Barcelona se han subido en alguna ocasión…

Tras dejar atrás el Castell dels Tres Dragons, giramos a la izquierda, dando la espalda al invernadero de hierro y cristal (1884). Pasamos junto al monumento a Bonaventura Carles Aribau (considerado el iniciador de la Renaixença cultural catalana del siglo XIX con su oda La pàtria) y, tras esquivar el quiosco de música, llegamos a la cascada monumental (1881).

Allí encontramos un estanque y dos escalinatas que conducen a un conjunto de esculturas de personajes mitológicos: Neptuno (de Manuel Fluxà), su esposa Amfitrita (de Josep Gamot), Venus y las náyades (de los hermanos Vallmitjana) y, en lo más alto, el Carro de la Aurora (de Rosend Nobas).

A continuación, pasando entre el mamut y el estanque de los patos, nos dirigimos al centro del parque, los jardines diseñados en 1927 por Jean Claude Forestier. Este lugar fue la plaza de armas de la Ciudadela y no muy lejos de aquí tenían lugar ejecuciones. No se podía haber escogido mejor ubicación para una de las esculturas más conocidas de Josep Llimona: Desconsol (1903).

A lado y lado del jardín donde está la escultura de Llimona se encuentran los edificios que fueron el palacio del gobernador, la capilla y el arsenal de la fortaleza, todos diseñados por el ingeniero flamenco Próspero de Verboom. El arsenal, un gran edificio barroco porticado, es hoy la sede del Parlament de Catalunya. Un lugar que nació para guardar armas convertido en la casa de la democracia. ¡Casi nada!

De camino hacia la salida del parque que da a la avenida del marquès de l’Argentera, se puede visitar el monumento a los voluntarios catalanes que participaron en la Primera Guerra Mundial del lado de Francia. Es de Josep Clarà y data de 1922. Por cierto, la hoja de parra que luce en cierta parte le fue añadida durante el franquismo. Sin comentarios…

El monumento al general Prim, que impulsó la devolución de la Ciudadela a Barcelona, se encuentra en la glorieta que está ante la entrada del zoo. La estatua actual la hizo Frederic Marès en 1945, ya que la anterior, que era de Lluís Puiggener, fue víctima de la iconoclastia de las juventudes libertarias de Gracia, que le ajustaron las cuentas al general por haber reprimido en el pasado una revuelta gracienca.

Los relieves del pedestal representan al general comandando a los voluntarios catalanes en la batalla de Tetuán (1860) y defendiendo ante sus compañeros del gobierno que la Ciudadela había de ser devuelta.

Salimos del parque por una verja flanqueada por dos esculturas de Venanci Vallmitjana que representan la Agricultura y la Marina. Una vez fuera, a la izquierda, veremos la estación de Francia. No lejos de aquí partió en dirección a Mataró el tren que inauguró la primera línea ferroviaria de España (28 de octubre de 1848).

Vale la pena entrar y alzar la vista para contemplar la espectacular estructura de hierro que la cubre, realizada por La Maquinista Terrestre y Marítima en 1929 según los planos del ingeniero Andreu Montaner i Sierra. Uno de los usos recientes que se ha dado a esta megaestación es albergar macrofiestas como la de fin de año.

Y hasta aquí este paseo. Fin de trayecto.

Enlaces relacionados con este recorrido:
Parc de la Ciutadella + Parlament de Catalunya + Zoo de Barcelona + Estación de Francia

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