La última ejecución pública

Hasta finales del siglo XIX las ejecuciones de los reos condenados a la pena capital se llevaban a cabo en lugares públicos, pues se pretendía darles un carácter aleccionador, que sirviesen de escarmiento colectivo y de aviso a delincuentes en potencia. De hecho, entre el gentío que acudía a tan macabros espectáculos había muchos padres y madres que llevaban a sus hijos para que aprendiesen en cabeza ajena. En el momento fatídico de la muerte a los niños les solía caer un bofetón de los que se recuerdan toda la vida.

La última ejecución pública de la historia de Barcelona tuvo lugar en el Pati de Corders de la prisión de la Reina Amalia el 15 de junio de 1897. El ajusticiado, por el muy salvaje y muy español método del garrote vil, fue un tal Silvestre Lluís, acusado de haber asesinado a su mujer y dos hijas. Tanto la prisión como el Pati de Corders, que tomaba el nombre del lugar donde los cordeleros del Raval trenzaban las cuerdas, fueron demolidos por los anarquistas al principio de la guerra civil. Su lugar lo ocupa en parte hoy la plaza de Folch i Torres, junto a la ronda de Sant Pau. Desgraciadamente, las ejecuciones se siguieron practicando en el interior de las prisiones hasta los últimos tiempos del franquismo, cuando la pena de muerte pasó a ser, por fin, un funesto recuerdo de nuestro pasado más triste.

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