“¡Eres más popular que la Moños!”

En los tiempos en que la Barcino romana parecía más un pueblucho que una urbe, la Rambla era un torrente situado fuera de las murallas, uno de esos típicos cauces mediterráneos que solo llevan agua cuando llueve a cántaros y que se secan tan pronto como vuelve a lucir el sol. A finales del siglo XVIII, cuando Barcelona ya se extendía desde la Ciudadela hasta las faldas de Montjuïc, la Rambla fue embellecida y se convirtió en la arteria principal de la ciudad, un paseo por el que transitaban a todas horas los barceloneses, ricos y pobres, en carruaje o a pie, y por el que se aventuraban en busca de hotel o fonda los forasteros que desembarcaban en el puerto.

De los personajes que más ramblearon la Rambla, existe uno del que cualquier nacido en Barcelona ha oído hablar alguna vez: la Moños (1851-1940). Se llamaba según unos Dolors Bonella, según otros Dolors Vega, y era vecina de la desaparecida calle Cadena, en la actual Rambla del Raval. A principios del siglo XX llevaba un vida humilde como costurera hasta que un día perdió la chaveta por culpa de la muerte prematura de una hija, atropellada por un coche de caballos. Sobre este mal trago existen varias versiones y hay quien afirma que en realidad la niña le fue arrebatada por el padre, un supuesto caballero de la alta sociedad con el que Dolors habría tenido una relación y que no estaba dispuesto a que su hija se criara en el ambiente mísero del Raval.

El caso es que desde que perdió la cordura, y esto sí que es innegable, se la veía a menudo ataviada con vestidos de colores chillones, los mofletes repintados y los pelos recogidos en moños adornados con cintas y flores que le regalaban las floristas de la Rambla. Iba cantando y bailando a todas horas por la plaza del Pedró, la calle Hospital o el mercado de la Boqueria mientras sacudía sin descanso su abanico, tal vez buscando olvidarse de la amargura que la corroía por dentro. Ella saludaba a todos y, aunque a veces soltaba por la boca sapos y culebras, cuando pedía limosna lo hacía con suma delicadeza: «Señorito, ¿quiere que le cante una canción o le recite un versito?».

Foco constante de atención de chicos y grandes, durante los años veinte se le dedicaron poemas, canciones y hasta una obra en el Teatro Circo Barcelonés. Al final de cada sesión se la hacía subir al escenario para que el público contemplara a la protagonista de aquel drama. Sucia artimaña, convertir en esperpento la desdicha de un ser tan vulnerable. En eso no hemos cambiado tanto, si acaso hemos ido a peor, y sabrá de qué hablo cualquiera que tenga un televisor en casa. Más recientemente se ha rodado alguna película sobre ella y hasta tiene una figura en el Museo de Cera de la Rambla.

Sus últimos años, cuando ya los achaques de la edad no le permitían pasarse los días de aquí para allá, transcurrieron en la Casa de la Caridad, una institución benéfica que estaba en la calle Montalegre, en el edificio que hoy ocupa el CCCB (Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona). Hasta que un día de septiembre de 1940 fue a parar al Hospital del Mar para abandonar este mundo, dejando como legado entre quienes la conocieron, eso sí, el recuerdo de su libertad indomable. Y también el dicho con que los de Barcelona seguimos agasajando a quien es siempre bien recibido allá donde se presente: «¡Eres más popular que la Moños!».

(Del libro Mujeres de Barcelona, editorial Incorpore)

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