Un alma rebelde y libre

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A principios del siglo XX, cuando con 17 años Lola Anglada acudía a clases de dibujo al natural en la Escuela de la Llotja de Barcelona, las chicas de familia burguesa como la suya no salían nunca solas a la calle. Su padre, don Gabriel, que la acompañaba de casa a la escuela y de la escuela a casa, trataba de que olvidase aquella manía suya de dibujar y pintar. Ella, en cambio, tal como explica en sus memorias, estaba decidida de veras a seguir su vocación. Para entonces Lola era ya una dibujante reconocida. En 1905 había publicado su primera ilustración en la revista satírica Cu-Cut!, de la mano de su maestro, el pintor Joan Llaverias. Desde 1909 colaboraba regularmente en el semanario infantil En Patufet.

En 1918 las esperanzas de su familia de que su afición por el arte fuera un pasatiempo pasajero se desvanecieron definitivamente. Aquel año se trasladó a París, donde pronto encontró trabajo en la editorial Hachette. El día que el señor Louis Hachette vio sus obras por primera vez, se quedó tan impresionado que quiso comprobar que no se trataba de un engaño haciéndola dibujar delante de él. Durante las décadas de 1920 y 1930, viviendo a caballo entre Barcelona y París, ilustró cuentos infantiles y libros de texto de las editoriales Hachette, Lafitte, Nathan y Roudanez.

En aquel París que le pareció tan luminoso y alegre, Lola pudo expresar su arte sin cortapisas y se codeó con los artistas bohemios del momento. Fue también allí donde entabló amistad con un exiliado ilustre, el político catalanista Francesc Macià, con quien compartía el deseo de ver caer la monarquía para instaurar una república catalana. En 1930 lideró la campaña por la liberación de los implicados en el complot del Garraf, que en 1925 habían intentado volar un túnel al paso del tren en que viajaba Alfonso XIII, y se ganó el sobrenombre de «marona dels presos». Entre 1931 y 1934 ilustró el semanario independentista Nosaltres sols!

Los mayores éxitos de su incansable actividad profesional los obtuvo narrando e ilustrando cuatro relatos fantásticos: En Peret (1928), Margarida (1928), Monsenyor Llargandaix (1929) y Narcís (1930). En los años treinta no había un niño en Cataluña que no hubiera leído alguno de estos cuentos. En Margarida manifestó su espíritu feminista al retratar a una jovencita de alma rebelde y libre, su alter ego literario.

Al inicio de la Guerra Civil, por encargo del Comisariado de Propaganda de la Generalitat, escribió e ilustró el cuento El més petit de tots (1937), protagonizado por la mascota de la causa republicana, un niño de pelo rizado, tocado con el gorro frigio y enfundado en un mono de miliciano, que alzaba el puño izquierdo y portaba una bandera catalana. Armada de cuaderno y lápiz, se dedicó también a recorrer las calles de Barcelona para plasmar a los combatientes antifascistas: milicianos y milicianas anarquistas, brigadistas alemanes de la columna Thaelmann, rusos enviados por Stalin…

Lola quedó condenada al ostracismo por «roja, separatista y peligrosa» cuando «los otros», a los que igualmente dibujó, ocuparon Barcelona en enero de 1939. Llegó a recibir amenazas de muerte, pero no se arredró. «Prefiero la muerte antes que claudicar», dejó escrito. Asfixiada por un ambiente de «días siempre idénticos, con procesiones, milagros, sermones, santificaciones, corridas, tangos y españoladas», se encerró en su exilio interior. Logró montar una prensa litográfica en un piso de la calle Enric Granados y vender estampas entre sus amistades. También publicó algunos libros sobre el pasado de Barcelona, en colaboración con el historiador Francesc Curet: Barcelona vuitcentista (1948), La Barcelona dels nostres avis (1948) y Visions barcelonines (1952-1958). No obstante, su situación económica precaria la obligó a vender a la Diputación de Barcelona su casa museo de Tiana y su colección de más de cuatrocientas muñecas antiguas, muchas compradas en los rastros de París, que hoy se exhiben en el Museu Romàntic de Sitges.

Tras la desaparición de Franco, Lola Anglada recibió el reconocimiento que merecía. Entre otros premios, se le otorgaron la Medalla del Foment de les Arts Decoratives (1980) y la Creu de Sant Jordi de la Generalitat de Catalunya (1982). Murió en 1984, en Tiana, a los 92 años. «Enamorada de la libertad», siempre independiente, no se casó ni dejó hijos. Su legado fue un océano de dibujos de una gran calidad técnica y de un estilo que muestra en cada trazo la sensibilidad fuera de lo común que poseyó.

 

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