Nuestra Eva

Los primeros habitantes del territorio que hoy ocupa Barcelona viven en un entorno agradable. La espelta, el trigo, las habas y los guisantes crecen sin esfuerzo en una tierra fértil, y las ovejas y las cabras pastan hasta hincharse. En la playa salen ostras a puñados y en el bosque de Montjuïc hay tantos jabalíes, corzos y liebres que hasta los cazadores más torpes se regalan con un buen asado de vez en cuando.
En las tumbas no se han hallado metales preciosos ni armas, solo objetos de uso diario y adornos sencillos. La época de los mercaderes y los imperios aún queda lejos. Puestos a imaginar, no hay explotación ni violencia, nadie ha dicho aún aquí mando yo, estas son mis tierras o atente a las consecuencias si cruzas esa frontera.
Según revelan los huesos desenterrados, tanto los hombres como las mujeres tienen el mismo porte, una estatura de un metro sesenta. Los restos más antiguos pertenecen a una mujer del Raval de hace seis mil años. Podemos mirarla a los ojos porque los mejores expertos del arte forense han reconstruido su rostro a partir del cráneo. Andaban buscándole un nombre. Un poeta lo tendría claro: Priscila, ‘la de la edad de oro’.

(Del libro Historias de la historia pequeña de Barcelona, ed. Incorpore)

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