Archive for the ‘Recorridos’ Category

Elogio del caminar

septiembre 15, 2017

“Caminar nos introduce en las sensaciones del mundo, del cual nos proporciona una experiencia plena sin que perdamos por un instante la iniciativa. Y no se centra únicamente en la mirada, a diferencia de los viajes en tren o en coche, que potencian la pasividad del cuerpo y el alejamiento del mundo. Se camina porque sí, por el placer de degustar el tiempo, de dar un rodeo existencial para reencontrarse mejor al final del camino, de descubrir lugares y rostros desconocidos, de extender corporalmente el conocimiento de un mundo inagotable de sentidos y sensorialidades, o simplemente porque el camino está allí. Caminar es un método tranquilo de reencantamiento del tiempo y el espacio. Es un despojamiento provisional ocasionado por el contacto con un filón interior que se debe solo al estremecimiento del instante; implica un cierto estado de ánimo, una bienaventurada humildad ante el mundo, una indiferencia hacia la tecnología y los modernos medios de desplazamiento o, al menos, un sentido de la relatividad de todas las cosas; anima un interés por lo elemental, un goce sin prisa del tiempo.

El paseo es una forma menor -y sin embargo esencial- del caminar. Rito personal, practicado sin cesar, ya sea de manera regular o al azar de las circunstancias, en soledad o en compañía. El paseo es una invitación tranquila a la relajación y a la palabra, al vagabundeo sin objetivo preciso, a retomar el aliento, a recordar un mundo tal como se percibe a la altura del hombre.”  (David Le Breton)

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Recorrido por el Poblenou

julio 18, 2012

Este recorrido parte de Can Ricart y, tras atravesar la Diagonal, recorre el Poblenou más antiguo hasta la plaza Prim

El Poblenou es un barrio agradable que simboliza, quizá como ningún otro, lo mejor y lo peor de la profunda transformación que ha experimentado la ciudad en los últimos años.

Una Barcelona que, en un contexto mundial de globalización, se ha abierto al mundo, se ha convertido en destino de grandes inversiones, ha celebrado fastuosos eventos, ha alzado edificios emblemáticos y ha recibido a millones de visitantes extranjeros. Una Barcelona que a la vez, y como efecto de todo lo anterior, ha perdido a marchas forzadas una parte de la esencia entrañable que todavía recuerdan quienes la conocieron antes de 1992. El lema que en su día proclamaron muchos poblenovins, “No volem canviar de barri”, da que pensar sobre cuán difíciles de asimilar han resultado en ocasiones cambios tan vertiginosos.

Hablar del pasado del Poblenou equivale a evocar la industrialización del siglo XIX. Si Cataluña fue considerada entonces por su dinamismo la “locomotora de España”, del Poblenou se dijo que era “la Manchester catalana”. La disponibilidad de terrenos y agua y la relativa proximidad a Barcelona facilitaron que, desde principios del XIX, se instalasen aquí muchas fábricas textiles, alimentarias, metalúrgicas… Hoy poco queda ya de aquel paisaje plagado de chimeneas, que ha dado paso a áreas residenciales de nueva planta (como la Vila Olímpica o Diagonal Mar) y al distrito tecnológico 22@.

Este itinerario comienza en Can Ricart (TRAM T4, Pere IV), uno de los puntos emblemáticos del Poblenou industrial. Empezado a construir en 1852, este complejo industrial de 21.000 metros cuadrados se dedicó durante décadas a la confección de tejidos. Una vez extinguida su actividad, la plataforma vecinal “Salvem Can Ricart” se movilizó con la intención de preservar íntegramente el recinto. Finalmente, en abril de 2008, la Generalitat de Catalunya zanjó la polémica entre vecinos, propietarios y gobierno municipal al declararlo bien cultural de interés nacional y disponer qué partes se habían de conservar (un 70% de lo que reclamaban los vecinos). Can Ricart ofreció durante años un aspecto desolador, hasta que en 2015 empezó a transformarse en el Parc de les Humanitats i les Ciències Socials de la UB.

Junto a Can Ricart se encuentra el parque del Centre del Poblenou, un espacio verde de más de 55.000 metros cuadrados (lo cual es noticia en una ciudad donde tanto abundan las “plazas duras”, también llamadas zones merdes por algunos ciudadanos con mucha guasa). Este parque es obra de Jean Nouvel, el arquitecto de la Torre Agbar, y fue inaugurado en abril de 2008. Quizá lo que más destaca en él es el pozo del mundo, un cráter donde se puede entrar en contacto con otras partes del planeta gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación.

Para dirigirnos hacia el meollo del Poblenou hay que atravesar la Diagonal, que en este tramo final une la plaza de las Glòries con el mar. Ya que estamos aquí, conviene recordar que en la plaza de las Glòries, donde hoy se encuentra un conocido centro comercial, hubo otra de las grandes industrias del Poblenou, la Hispano Olivetti, que cerró en 1987, cuando las máquinas de escribir empezaban a convertirse en antiguallas de museo.

En el otro extremo, junto a la playa, donde en 2004 se levantó el recinto del Fórum de las Culturas (además de un centro comercial más), descansa la memoria de los fusilados del camp de la Bota, triste rincón que encarna lo peor de nuestras luchas cainitas del pasado. Unas 1.700 personas fueron fusiladas allí entre 1939 y 1952.

Tras pasar ante una imponente mole acristalada de 37 plantas, obra de Dominique Perrault (otro hotel de lujo y un arquitecto estrella más), tomamos la calle Bilbao, a la izquierda, y, a continuación, el camí antic de València, a la derecha.

Enseguida llegaremos a Can Felipa (Pallars, 277), donde ya empieza a respirarse el “sabor de barrio” al que cantó el Gato Pérez. Can Felipa fue una fábrica textil que cerró en 1978. Restaurado en 1991 por el arquitecto Josep Lluís Mateo, este edificio con aire de castillo francés alberga hoy un club deportivo municipal.

Si proseguimos por la calle peatonal de Marià Aguiló, en dirección al mar, y al llegar a Llull giramos a la izquierda, con la parada de autobús como punto de referencia, iremos a parar a lo que queda de Can Saladrigas, otra antigua fábrica textil, hoy convertida en biblioteca y casal para gente mayor.

No muy lejos de aquí, retrocediendo de nuevo por Llull, se encuentra la rambla del Poblenou, que data de 1886. La mayor parte de los edificios que la flanquean son de inicios del siglo XX y ni que decir tiene que aquí establecieron su residencia los más pudientes del barrio (industriales, comerciantes…). Destaca el Casino de l’Aliança (en el número 42), sede de una entidad recreativa y cultural creada en 1869 (si bien el edificio actual es de 1929).

En el chaflán de enfrente, la horchatería Tío Che, que lleva sirviendo sus productos, primero en la Barceloneta y más tarde en el Poblenou, desde principios del siglo XX. Su fundador, Pere Joan Iborra, llegó a Barcelona desde La Nucia (Alicante) en 1912, con la intención de embarcarse hacia América. El azar quiso que perdiese el barco y que se quedase aquí para hacer fortuna elaborando horchata y helados. “Che, prova això!”, era la frase con que ofrecía refrescos a los transeúntes, que lo rebautizaron con el mote de “Tío Che”.

En el suelo de la rambla, una serie de placas metálicas recuerdan a algunos personajes ilustres del barrio. Uno de ellos es Joan Agustí i Carreras, alcalde de Sant Martí de Provençals, que conmocionó a sus vecinos al suicidarse en 1891 de un tiro, a los 40 años, sin que nunca se llegaran a aclarar las causas de tan trágica muerte. (Por cierto, entonces el Poblenou dependía administrativamente de la población de Sant Martí.)

El escritor Xavier Benguerel (1905-1990), hijo del barrio, también tiene una placa, bien merecida, pues sin duda fue el mejor cronista de la vida cotidiana y los conflictos sociales de la Manchester catalana, en obras como El Poblenou o Icària, Icària (novela con la que ganó el premio Planeta en 1974).

Les dones del Cànem, cuya triste vida describe Benguerel, trabajaban en Godó Hermanos (Bartolomé y Carlos, los mismos del diario La Vanguardia), una fábrica de yute donde el empleo era seguro y los sueldos, de miseria. La factoría se encontraba entre las calles Llacuna, Ramon Turró y Llull, y tras la guerra civil (1936-1939) se convirtió en prisión para “rojos y separatistas”. De Guatemala a Guatepeor.

En el Poblenou tuvieron lugar sangrientas luchas entre obreros de ideología anarquista, que se rebelaban contra la explotación, y sus patronos. Uno de los líderes de aquellos trabajadores (también con placa), Joan Garcia Oliver (1902-1980), llegaría a ser ministro de la República en los primeros meses de la guerra civil, lo cual, tratándose de un anarquista, opuesto por definición a la idea de Estado, no deja de ser un caso insólito.

Una vez rambleada la Rambla, tomamos la calle del Taulat hacia la izquierda para girar a la derecha en Topete y llegar a la plaza Prim, que se había llamado plaza Isabel hasta la revolución de 1868. Aquel año el general Prim no sólo echó a Isabel II de España, también desterró su nombre de este lugar. Esta bella placita fue en su día el centro de la parte más antigua del Poblenou, la barriada del Taulat, un interesante conjunto de casitas bajas de mediados del siglo XIX, prácticamente desaparecido a causa de “reformas” recientes.

Según la leyenda, en esta plaza vivió un grupo de seguidores del socialista utópico francés Étienne Cabet, quien en Voyage en Icarie (1842) describió una sociedad ideal basada en la propiedad comunitaria y la igualdad social.

Las ideas de Cabet fueron “importadas” a Cataluña por el inventor Narcís Monturiol a través del semanario La Fraternitat. Un grupo de catalanes, entre los que se encontraban Joan Monturiol (hermano de Narcís), Pere Montaldo y Joan Rovira se desplazaron a Nauvoo (Illinois) para ayudar al viejo Cabet a fundar Icaria en tierras norteamericanas. Se dice que Montaldo, consecuente con sus ideas, llegó a participar en la guerra de Secesión en el bando antiesclavista y fue condecorado por su valor. Pues bien, entre 1846 y 1848 se intentó poner en marcha una Nueva Icaria en Poblenou.

Aquellos idealistas aspiraban a un mundo sin violencia, sin explotación, sin pobreza… Soñaban. Si hubieran vivido unos años más hubieran visto cómo, a un tiro de piedra de la plaza Prim, sobre la arena de la playa, se improvisaban barrios de chabolas (el Pequín, la Mar Bella, el Bogatell, el Somorrostro…), azotados por la miseria, el hambre y los temporales de mar, que en más de una ocasión se llevaron por delante vidas humanas. Si regresaran hoy, quizá les sorprendería saber que, según Cáritas, el 10% de los barceloneses sobrevive con menos de 300 euros al mes y que incluso, en estos últimos años de crisis, está reapareciendo el barraquismo (sin ir más lejos, en los solares abandonados de algunas antiguas fábricas del Poblenou). ¡Ah, las paradojas de la Barcelona del siglo XXI!

Enlaces relacionados con este recorrido:

Plataforma vecinal “Salvem Can Ricart” + Can Felipa + portal del Poble Nou + Archivo Histórico del Poblenou

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Recorrido por Sant Andreu

febrero 16, 2011

Este recorrido parte del paseo de Torras i Bages, atraviesa la plaza de Orfila y continúa por Gran de Sant Andreu y el paseo de Fabra i Puig

Sant Andreu es uno de esos barrios que en otro tiempo fue un pueblo alejado de Barcelona. Un pueblo, Sant Andreu de Palomar, que, ya en el siglo XI, vivía de la viña y de los regadíos que florecían junto al Rec Comtal, el canal que llevaba a Barcelona el agua del río Besòs. Un pueblo que, durante el siglo XIX, creció rápidamente al calor de la industrialización y que, finalmente, en 1897, fue agregado a Barcelona. Un pueblo que, desde mediados del siglo XX, vio llegar a miles de nuevos vecinos y experimentó un impulso urbanizador definitivo a costa de sus últimas huertas.

El recorrido empieza en el paseo de Torras i Bages (Torras i Bages, línea 1, salida Palomar). A lado y lado de este tramo del paseo hubo hasta 1996 dos cuarteles, el de Artillería y la Maestranza. Estos cuarteles fueron uno de los escenarios de los hechos del 19 de julio de 1936 y, de aquí salieron, tras el asalto de las fuerzas obreras, los fusiles que armaron a las milicias populares en los primeros tiempos de la guerra civil española (1936-1939). También fueron triste noticia en 2003, antes de ser demolidos, cuando los inmigrantes sin papeles que se habían refugiado aquí fueron desalojados sin contemplaciones.

En el número 108 de este paseo se encuentra Can Carasses, una masía muy antigua, nada menos que de 1611, aunque su aspecto actual se debe a un reforma de 1856. En 1931 se convirtió en escuela, y hoy lo sigue siendo. Tras el muro que da al paseo, estirando el cuello se barrunta un jardincillo romántico que quizá en otro tiempo estuvo rodeado de viñedos.

Al otro lado del paseo, en el número 91-105, se alza una de las joyas arquitectónicas del barrio, la casa Bloc. La casa Bloc fue un encargo de la Generalitat republicana, en 1932, al GATCPAC (Grup d’Arquitectes i Tècnics Catalans per al Progrés de l’Arquitectura Contemporània) como edificio de viviendas para familias obreras. La casa Bloc fue un proyecto pionero si tenemos en cuenta que, en la época, muchos de quienes llegaban a trabajar a Barcelona acababan sin remedio en barracas miserables.

Josep Lluís Sert, Josep Torres Clavé y Joan Baptista Subirana, arquitectos de la casa Bloc, diseñaron una serie de edificios dispuestos en forma de Z, que cobijaban 207 apartamentos dúplex de unos 70 metros cuadrados, sencillos y funcionales, bien soleados y ventilados, y organizados entorno a dos patios.

Algo más allá aparece la plaza de Orfila, el corazón del Sant Andreu más antiguo. En esta plaza sobresalen la sede del distrito y la iglesia parroquial. La sede del distrito (que fue Casa de la Vila hasta 1897) es un edificio de 1842 reformado en 1915. La iglesia parroquial fue proyectada por un hijo ilustre del barrio, el arquitecto modernista Pere Falqués i Urpí, y se levantó durante la segunda mitad del siglo XIX para sustituir al templo gótico anterior, que se había quedado pequeño por el crecimiento demográfico del barrio.

Se trata de una iglesia imponente, con ínfulas de catedral, que parece no echar de menos la torre izquierda que un día existió en la mente del arquitecto, que disimula estoicamente los achaques de la edad y que ni siquiera quiere acordarse de tragedias pasadas (en 1882 la cúpula se desplomó durante una misa y mató a varios feligreses; en 1909 y, de nuevo, en 1936 fue incendiada por los anarquistas).

En el interior de la iglesia pueden admirarse las pinturas murales que Josep Verdaguer, otro andreuenc de pro, pintó entre 1954 y 1960. En la fachada, encima del rosetón, hay un escudo de Sant Andreu de Palomar, con la cruz de san Andrés, la paloma y la mano abierta de rigor.

Por cierto, hay que recordar que de la antigua iglesia gótica salió, cubierto por un velo negro, el Cristo enarbolado como estandarte por los segadores que se rebelaron contra las tropas de Felipe IV y mataron al virrey en Barcelona, el 7 de junio de 1640. Un hecho que marcó el inicio de una larga guerra, la guerra dels Segadors (1640-1652), y que todavía hoy se recuerda en la letra del himno oficial de Cataluña.

Detrás de la iglesia, la plaza de la Estación es un lugar ideal para sentarse un rato a la sombra en los días de calor. A un lado se levanta la clínica Sant Jordi, donde han nacido tantos andreuencs y andreuenques, y, al otro, unas casitas bajas del siglo XIX construidas para los obreros del ferrocarril, que llegó a Sant Andreu en 1854.

Más allá, para quien quiera cruzar el puente que salva las vías, se encuentra La Maquinista, un centro comercial que conserva el nombre de la que fue una de las industrias emblemáticas de Cataluña (ver el recorrido por la Barceloneta). En el parque que hay junto al centro comercial, inaugurado en 2000, un peculiar edificio espera acoger algún día el museo de La Maquinista.

Si desde la plaza Orfila tomamos la calle de l’Ajuntament, una de las más bonitas del barrio, llegaremos a la plaza del Comerç, con su aire de plaza de pueblo y su peculiar reloj, que parece pensado para miopes despistados que se hubieran dejado las gafas en casa.

En la plaza del Comerç hubo a mediados del siglo XIX un fortín que tomó parte en los enfrentamientos armados de aquella agitada época. Por cierto, ya que hablamos de guerras, en la farmacia Franquesa (Gran de Sant Andreu, 256) conservan, junto a la puerta, primorosamente enmarcados, dos balazos, “recuerdo” de un tiroteo durante la guerra civil. Puestos a conservar, también guardan el mobiliario del siglo XIX y una caja registradora que parece recién salida del túnel del tiempo.

El carrer Gran de Sant Andreu (que en otro tiempo fue el Camí Ral que conducía a Barcelona) es una calle con una animación comercial sorprendente, que resiste con brío la competencia de las grandes superficies que en los últimos años se han instalado en el barrio. Muchas de estas tiendas pertenecen a las mismas familias que las han regentado durante generaciones. Como el bar Versalles, que contempla la plaza desde los bajos de Can Vidal, un soberbio edificio modernista de 1907, obra del arquitecto andreuenc Joan Torras i Guardiola (Gran de Sant Andreu, 255).

Si continuamos por el carrer Gran y giramos a la derecha por la calle del Mercat, daremos con una plaza porticada de 1850, obra de Josep Mas i Vila, y con el mercado (1908). Mas i Vila es el arquitecto que hizo la fachada neoclásica del Ajuntament de Barcelona y que a punto estuvo de deshacer la gótica (ver el recorrido por el barrio Gótico).

A través de la calle Vintró (o mejor aún, del pasaje cubierto que está en el número 9 de la plaza) se puede llegar la calle Rubén Darío, que conserva algunas casitas construidas hacia 1861 para los obreros de la Fabra i Coats.

En la plaza de Rubén Darío hubo algunas de estas casitas. Se desmoronaron durante las obras de prolongación del metro de Fabra i Puig a Torras i Bages (1965-1967), y ello costó la vida a varios vecinos. Hoy siguen presentes en forma de ilusión óptica sobre el mural que Antoni González Gabarré pintó en 1986. En el suelo de esta misma placita, un mosaico elaborado en 1994 por niños de las escuelas de Sant Andreu rinde homenaje a Joan Miró.

La Fabra i Coats, en la calle Sant Adrià, fue en otro tiempo la mayor fábrica textil de España. Fundada en 1843 por Ferran Puig i Gibert, adquirió su peculiar nombre en 1903, a raíz de la fusión de la empresa catalana, Hilaturas Fabra, con la compañía inglesa Coats.

En el barrio se conocía popularmente a la Fabra como “Can Mamelles”, pues eran muchas las familias que vivían de su generosa ubre. Además de ocupación, la empresa ofrecía a los trabajadores casa cuna (guardería), atención médica, economato y otras muchas ventajas que justifican la imagen de “madre nutricia” que tuvo entre los obreros.

Lo que hoy es el centro cultural Can Fabra formó en su día parte del complejo industrial. Este imponente edificio, construido a mediados del siglo XIX, alberga hoy, entre otros servicios, la Biblioteca Ignasi Iglesias, una de las más grandes de Barcelona. Ante la entrada de Can Fabra, una fuente luminosa, inaugurada en 1995 por Pasqual Maragall, trata en días señalados de hacer sombra a su hermana mayor de Montjuïc.

De nuevo en el carrer Gran, en dirección “a Barcelona”, pasamos junto a la calle Ignasi Iglésias. En la casa del número 37 nació Ignasi Iglésias i Pujades (1871-1928), periodista, poeta y, sobre todo, dramaturgo de gran éxito en su tiempo.

Más adelante, si nos asomamos a la calle Coroleu, además de algunas casas modernistas, encontraremos la Societat Coral La Lira (Coroleu, 15), una entidad cultural que ya en 1870 era lugar de reunión para andreuencs y andreuenques, lo cual no dejar de ser un buen ejemplo de la fortaleza del movimiento asociativo del barrio.

En la esquina del carrer Gran con la calle Sócrates, en la fachada de una finca modernista en cuyos bajos abre sus puertas otro de esos comercios de toda la vida, encontramos un recuerdo de la participación de Sant Andreu en las guerras y disturbios del siglo XIX. Se trata de una bala de cañón disparada por las tropas del general Prim que en 1843 reprimieron la Jamancia.

La Jamancia fue una bullanga (revuelta popular) contra el gobierno conservador de Madrid. Debe su nombre a que muchos de sus “voluntarios” se enrolaron únicamente por el rancho (jamar en caló significa ‘comer’). Con tan famélica tropa, no es de extrañar que fuera un fracaso…

Visto lo visto, cualquiera diría que la principal afición de los habitantes de este barrio consiste en conservar balazos y cañonazos en las paredes… En absoluto. No muy lejos del proyectil, Els Catalanistes (Ramon Batlle, 2) sigue fomentando entre sus socios, después de un siglo y medio de actividad, el teatro, el canto, la danza, la música, el deporte, etc.

Si seguimos por la calle Sócrates, pronto avistaremos Sant Pacià, un templo de inspiración gótica que hoy es parroquia y que en otra época fue la iglesia del colegio de religiosas de Jesús y María. Este templo, obra de Joan Torras i Guardiola, guarda celosamente un mosaico realizado por Gaudí en 1880. Tan celosamente, que muy pocos saben de él… El mosaico está en el suelo de la iglesia, hecho con pequeñas piezas de mármol que trazan figuras geométricas. Restaurado en 1989, espera, en perfecto estado de revista, nuevos visitantes.

Por la calle de les Monges nos encaminamos hacia el final del recorrido, la rambla de Sant Andreu, también conocida como paseo de Fabra i Puig. La Rambla, desaparecida en 1969, en tiempos del alcalde franquista Porcioles, fue recuperada en 1995 gracias a la movilización vecinal. De nuevo, otra muestra del sentido de lo común de la gente del barrio. Por cierto, Can Guardiola (la casa modernista del número 13), también fue salvada in extremis de la voracidad de la especulación por la presión popular…

Y aquí estamos, al pie de Can Guardiola. Fin de trayecto. O no… Por la calle Nadal podemos encaminarnos hacia el parque de la Pegaso, antaño fábrica de camiones y, antes, de los míticos automóviles Hispano Suiza. O seguir rambleando, pararnos en un café o una pastelería, subirnos a La Torreta (un antiguo depósito de aguas que se encuentra el número 98 del paseo)… Cruzar la Meridiana, quizá, para visitar el monumento que en 2003 el norteamericano Sol LeWitt dedicó a las víctimas del terrorismo…

Enlaces relacionados con este recorrido:

Escuela Ignasi Iglesias + Districte de Sant Andreu + Can Fabra + Sant-andreu.com

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Recorrido por Gracia

septiembre 3, 2010

Este recorrido parte de la plaza de Lesseps, atraviesa el barrio de Gracia y acaba en la plaza de Rovira i Trias

Gracia fue en otro tiempo uno de esos pueblecitos alejados de la Barcelona amurallada. Como Sarrià, Sant Gervasi, Sants, Sant Andreu de Palomar, Sant Martí de Provençals, Horta… Aunque la expansión de la ciudad acabaría engulléndolas, estas poblaciones supieron conservar su trazado urbano antiguo y su aspecto de “islas” en medio de la cuadrícula de Cerdà. Ello les otorga hoy una personalidad propia, fácil de apreciar cuando un@ pasea por sus calles. Gracia, en particular, es el paradigma del barrio con encanto.

Nuestro recorrido comienza en la plaza de Lesseps (metro línea 3, Lesseps). Nada más asomarnos a la calle nos encontramos con las casas Ramos (plaza Lesseps, 30, 31 y 32), un edificio modernista de 1906 con una espectacular fachada decorada con motivos florales. Esto sí que es un buen recibimiento.

Esta obra fue un encargo de Ricard Ramos al arquitecto Jaume Torres i Grau (1880-1945), que supo unir exteriormente tres comunidades de vecinos tras una fachada común. Conviene pararse a admirar, por ejemplo, la puerta central, la decoración de la tribuna del principal (especialmente las abejas de la forja) y los esgrafiados florales de la fachada.

Cruzamos el paso de peatones y tomamos la calle Gran de Gràcia, el principal eje comercial del barrio. Enseguida encontraremos, a mano derecha, la calle Carolines. En el número 24 está la casa Vicens, una residencia de verano encargada en 1888 a Antoni Gaudí por Manuel Vicens i Montaner, un fabricante de ladrillos y azulejos. La fachada, de reminiscencias árabes, está hecha con los materiales que el propietario poseía en abundancia.

Aunque es obra de un joven Gaudí que todavía no ha abandonado la línea recta, tiene algunos toques de audacia, especialmente las torres de las esquinas y esa especie de contrafuertes que sobresalen de la fachada. El jardín, que fue en su origen mucho más grande que el actual, está cerrado por una verja de hierro que imita las formas de las hojas de palmito.

Volvemos sobre nuestros pasos y, de nuevo en Gran de Gràcia, encontramos la casa Trilla (número 177-181), una masía del siglo XVII que nos recuerda que en otro tiempo muchas de las casas de Gracia se hallaban aisladas en medio de un mar de campos. Hoy los edificios ocupan lo que fueron cultivos y encajonan la masía hasta la asfixia. El reloj de sol de la fachada principal vegeta, triste, a la sombra.

Seguimos bajando por Gran de Gràcia y, una vez dejada atrás la parada de metro de Fontana, tomamos a la derecha la Rambla de Prat. Aquí hay una serie de edificios modernistas cuyos portales invitan a asomar la nariz para contemplar pinturas, estucados y esculturas.

Si recorremos la calle Berga llegaremos a la plaza de la Libertad (¡puede haber un nombre más evocador?) y al mercado, creado en 1875 y cubierto más tarde (en 1893) con una estructura de hierro por el mestre d’obres Francesc Berenguer. Francesc Berenguer i Mestres (1866-1914), amigo y colaborador de Gaudí, dejó su huella arquitectónica por todos los rincones de Gracia.

Regresamos a Gran de Gràcia por la calle de Santa Eugènia, camino de Travessera de Gràcia. En la esquina (Gran de Gràcia, 77), otra elegante casa de Francesc Berenguer. Por cierto, el cruce de Gran de Gràcia y Travessera es la zona más antigua del barrio. El proceso de urbanización de Gracia se inició precisamente aquí, a principios del siglo XIX.

En el número 128 de Travessera de Gràcia hay una fuente de tres caños, adornada con azulejos, que data de 1845, tal como explica la inscripción. Unos pasos más y, tras desviarnos a la derecha por la calle Matilde, llegamos a la plaza de la Vila de Gràcia (hasta hace poco, plaza de Rius i Taulet), el centro administrativo de Gracia.

La sede del distrito (1905) es un edificio de Francesc Berenguer, como no. Conviene recordar que esta plaza fue la sede del ayuntamiento durante los años en que Gracia constituyó un municipio independiente (de 1821 a 1823 y de 1850 a 1897). Y que Francesc de Paula Rius i Taulet fue el alcalde de Barcelona bajo cuyo mandato Gracia fue incorporada a la metrópolis barcelonesa.

Llama la atención la torre, de 33 metros de altura, obra de Antoni Rovira i Trias (1864), gracienc y arquitecto municipal de Gracia. Está decorada con los escudos de Gracia, Barcelona, Cataluña y España, y con los signos del zodíaco. El reloj se concibió con cuatro esferas para que pudiera ser visto desde todas las partes de Gracia.

En lo más alto, la histórica campana de Gracia que en marzo de 1870 llamó a la rebelión contra la decisión del gobierno de establecer quintas para el servicio militar. Una rebelión que acabó siendo reprimida a cañonazos por el ejército. Y es que los graciencs (¡y más aún las gracienques!) eran dur@s de pelar…

De hecho, Gracia fue uno de los lugares de Barcelona donde el movimiento obrero estuvo más organizado y más implicado en las luchas sociales y políticas del siglo XIX. Algunos nombres de calles y plazas recuerdan los ideales republicanos y obreristas: Llibertat, Fraternitat, Mariana Pineda, Revolució de 1868, Progrés… De aquellos tiempos de lucha se mantiene igualmente viva la tradición asociativa, pues en Gracia hay organizaciones de todo tipo.

Si dejamos la plaza por la calle de Mariana Pineda y continuamos por Xiquets de Valls, llegaremos a la plaza del Sol, otro de los rincones agradables del barrio. Tan agradable que se ha convertido en uno de los lugares de ocio, vida social y bullicio nocturno más frecuentados de Barcelona (para desesperación de los vecinos, dicho sea de paso). Claro, que no siempre ha sido así. Bajo esta plaza hubo durante la guerra civil un refugio antiaéreo…

Si subimos por Torrent de l’Olla, en la esquina con Montseny encontraremos un ángel modernista que hace un siglo señalaba la presencia de un farmacia (ojo a la copa y la serpiente que sostiene en la mano). El edificio sobre cuya fachada está es la masia de Can Pardal (1875). Conviene pararse a observar la torre del reloj, que parece querer hacer la competencia a la de la plaza de la Vila.

Algo más arriba tomamos la calle Or hasta llegar a la plaza del Diamant, tan conocida gracias a la novela de Mercè Rodoreda. En el subsuelo se puede visitar el refugio antiaéreo que construyeron los vecinos durante la guerra civil. Más adelante, siguiendo por Or, encontraremos la plaza de la Virreina. Por cierto, los nombres de algunas calles de por aquí, tan “preciosos” (Diamant, Or, Topazi, Robí, Perla…), se deben a que en otro tiempo los terrenos pertenecieron al joyero barcelonés Josep Rossell.

Al regresar del Perú, el virrey Amat, además de una mansión en la Rambla de Barcelona, se hizo construir una lujosa villa de veraneo en lo que hoy es la plaza de la Virreina (1773). El lugar era entonces incomparable, ya que tenía una espléndida vista sobre el llano de Barcelona. Al morir el virrey, el palacio fue heredado por su esposa, Maria Francesca Fivaller, la virreina que da nombre a la plaza. Después de pasar por diversas manos y usos, la villa fue demolida en 1878.

La iglesia de Sant Joan fue edificada en 1894, de nuevo por el incombustible Francesc Berenguer. Durante la Semana Trágica (1909) fue incendiada, como tantos conventos e iglesias de Barcelona, y tuvo que ser restaurada. El propio Berenguer participó en la reconstrucción de la iglesia y la rectoría, y, además, edificó muy cerca una bella casa (calle Or, 44). En 1936 la iglesia volvió a arder y, tras la guerra civil, resurgió de nuevo de las cenizas.

La casa de Or (número 44 –1909–), es un edificio modernista de cinco pisos coronado con pináculos de ladrillo. La fachada está adornada con esgrafiados y los balcones, con barandillas de forja y trencadís (esa especie de mosaico hecho con azulejos troceados).

Y ya de camino hacia la última parada del recorrido (por Or y Joan Blanques hay que llegar hasta la plaza de Rovira i Trias), hallamos una finca de una sola planta que data de 1867 (calle Montmany, 70). Otro vestigio más, junto con otras casas cercanas, de los tiempos en que las clases acomodadas construían, en una Gracia todavía alejada de Barcelona, torres ajardinadas de veraneo. ¡Y qué magnífica panorámica tendría la atalaya de la casa!

En la plaza que marca el final del recorrido destaca la escultura en bronce del arquitecto Antoni Rovira i Trias (1816-1889), el ganador del concurso de proyectos de ensanche que el Ayuntamiento de Barcelona convocó en cuanto fueron derruidas las murallas de la ciudad (1859). El caso es que el proyecto de Rovira i Trias jamás se llevó a la práctica porque el gobierno de Madrid, que era quien en última instancia tenía el poder de decidir, prefirió el de Ildefons Cerdà.

Tal como se ve a los pies de la estatua, el plan de Rovira se articulaba en ejes radiales que partían de la Barcelona antigua. Un@ puede imaginarse cómo hubiera sido la Barcelona de Rovira y compararla con la Barcelona de Cerdà que conocemos. En fin, que cada un@ juzgue cuál de los dos proyectos era el mejor…

Para quienes deseen continuar paseando, la plaza del Pueblo Romaní, en el meollo de la Gracia gitana, es otro rincón apacible. Una placa en memoria del Gato Pérez recuerda a aquel cantante que en la Barcelona de las décadas de 1970 y 1980 fundió la música de gitanitos y morenos con la poesía que él trajo de Argentina. Por cierto, la placa se encuentra sobre una chimenea, el único vestigio que se conserva de la fábrica textil Puigmartí (El Vapor Nou, siglo XIX).

Enlaces relacionados con este recorrido:
Mercado de la Llibertat + distrito de Gracia + Gracianet + Graciapedia

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Recorrido por la Ciudadela

julio 30, 2010

Este recorrido parte del Arco del Triunfo, atraviesa el parque de la Ciudadela y culmina en la estación de Francia

Acabada la guerra de Sucesión con la toma de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, Felipe V quiso asegurarse de que Barcelona no volvería a alzarse en armas contra él. Para ello, entre 1715 y 1719, sus ingenieros militares levantaron junto a la ciudad una enorme ciudadela destinada a una guarnición permanente dispuesta a reprimir cualquier revuelta.

Para construirla fue necesario derribar 1.200 casas del barrio de la Ribera. Los propietarios de las casas demolidas, además de no recibir indemnización alguna, tuvieron que contribuir a sufragar los gastos de la obra, como el resto de los catalanes, pagando los nuevos impuestos que se establecieron tras la guerra. No es de extrañar que la Ciudadela fuese vista en adelante por muchos barceloneses como un recuerdo de la derrota y un símbolo de opresión.

Pues bien, años más tarde, la revolución Gloriosa de septiembre de 1868 echó del trono a la reina Isabel II de Borbón. En 1869, el nuevo gobierno provisional (del cual el general Joan Prim era ministro de la Guerra) devolvió a Barcelona el control de los terrenos de la fortaleza. Así, se pudo iniciar la demolición de la odiada Ciudadela. La herida que se había abierto en 1719 en el tejido urbano de Barcelona y en la conciencia colectiva de los catalanes comenzaba a cicatrizar. Lo expresaba bien claramente la lápida conmemorativa del inicio de la demolición: “La tiranía de Felipe V, primer Borbón, levantó la Ciudadela. La libertad, al arrojar de España al último Borbón, la derriba. ¡Viva la soberanía nacional!”.

En los terrenos que había ocupado la fortaleza se construyó un parque que, entre abril y diciembre de 1888, formó parte del recinto de la Exposición Universal de Barcelona. Algunos de los monumentos más conocidos de la ciudad fueron levantados con motivo de aquel gran acontecimiento.

El Arco del Triunfo (paseo de Lluís Companys, Arc de Triomf –metro línea 1 y RENFE línea 2–) es uno de ellos. Obra de Josep Vilaseca i Casanovas (1848- 1919), fue la puerta de entrada a la exposición y constituye el símbolo de una Barcelona que pasaba por un momento de euforia, comparable a los que viviría en 1929 y 1992. A las fiestas de inauguración de la exposición acudieron reyes y príncipes extranjeros, y miles de visitantes. Barcelona se abría al mundo como nunca antes lo había hecho.

Los relieves del Arco del Triunfo plasman aquel momento dulce. Los de la fachada principal representan a Barcelona recibiendo a las naciones. Los de la fachada posterior, la entrega de premios a quienes hicieron posible el evento. A los lados hay alegorías de la Industria, la Agricultura, el Comercio, las Ciencias y las Artes. (Por cierto, para quien no lo recuerde, una alegoría es la representación de ideas abstractas por medio de figuras humanas.)

Además, una serie de famas (esas figuras femeninas aladas) pregonan la gloria de Barcelona. Una gloria que, al menos desde el punto de vista estrictamente económico, no era tanta como se pretendía hacer ver. Si bien es cierto que entre 1875 y 1885 Barcelona y Cataluña habían vivido una gran auge económico (la llamada fiebre del Oro), en 1888 corrían tiempos de crisis. Quizá la elección del ladrillo y la cerámica (materiales baratos) para construir este arco no se basara sólo en criterios estéticos…

Cerca del arco hay una estatua dedicada a Pau Claris, presidente de la Generalitat durante la revuelta catalana de 1640 contra Felipe IV. El paseo de Lluís Companys conserva las farolas de la época de la exposición y, a mano izquierda mirando hacia la Ciudadela, se alza el Palacio de Justicia (1887-1908), obra de Josep Domènech i Estapà y Enric Sagnier i Villavecchia. A lo lejos también se ven los dos rascacielos de la Villa Olímpica (un edificio de oficinas y un hotel), que nos recuerdan otro año de fastos: 1992. La nueva sede de Gas Natural, un edificio acristalado obra de Enric Miralles i Benedetta Tagliabue, trata de rivalizar con los rascacielos desde 2006.

Al final del paseo de Lluís Companys hay un monumento de 1901 al alcalde Francesc de Paula Rius i Taulet (1833-1889), el promotor de la Exposición Universal de 1888 y de la urbanización de toda esta área de Barcelona (además de otras zonas del Eixample, el paseo de Colón, etc.). Un prócer que, a jugar por su retrato, tenía mejores asesores en materia de urbanismo que en cuestiones de estética. Le acompañan otras dos estatuas de catalanes ilustres: Roger de Llúria (comandante de la marina catalana en el siglo XIII) y Antoni Viladomat (pintor del siglo XVIII).

Tras cruzar el paseo de Pujades y atravesar una puerta flanqueada por la Industria y el Comercio, dos esculturas de Agapit Vallmitjana, nos adentramos en el parque de la Ciudadela, el meollo de la Exposición en 1888 y, hoy en día, uno de los principales espacios verdes de Barcelona. Su distribución fue obra del arquitecto Josep Fontseré i Mestre (1829-1897). Por cierto, un joven Gaudí que entonces trabajaba a las órdenes de Fontseré diseñó las puertas que acabamos de franquear.

A mano derecha se alza el edificio que el pueblo bautizó, inspirándose en el título de una comedia de Serafí Pitarra, como el Castell dels Tres Dragons. Fue construido para ser el café restaurante de la Exposición y hasta hace poco era Museo de Zoología. Es obra de Lluís Domènech i Montaner. La decoración medievalizante (escudos y almenas) y las torres de las esquinas le dan un aspecto que bien justifica su nombre.

Los aficionados a la botánica pueden encontrar en el parque plantas y árboles de procedencias muy exóticas. También hay “plantadas” aquí y allá esculturas diversas: retratos de naturalistas de la Ilustración, bustos de personalidades de la cultura catalana, una fuente en forma de jarrón decorada con niños y flores, una representación de la fábula de la zorra y la cigüeña, el famoso mamut a cuya trompa todos los niños de Barcelona se han subido en alguna ocasión…

Tras dejar atrás el Castell dels Tres Dragons, giramos a la izquierda, dando la espalda al invernadero de hierro y cristal (1884). Pasamos junto al monumento a Bonaventura Carles Aribau (considerado el iniciador de la Renaixença cultural catalana del siglo XIX con su oda La pàtria) y, tras esquivar el quiosco de música, llegamos a la cascada monumental (1881).

Allí encontramos un estanque y dos escalinatas que conducen a un conjunto de esculturas de personajes mitológicos: Neptuno (de Manuel Fluxà), su esposa Amfitrita (de Josep Gamot), Venus y las náyades (de los hermanos Vallmitjana) y, en lo más alto, el Carro de la Aurora (de Rosend Nobas).

A continuación, pasando entre el mamut y el estanque de los patos, nos dirigimos al centro del parque, los jardines diseñados en 1927 por Jean Claude Forestier. Este lugar fue la plaza de armas de la Ciudadela y no muy lejos de aquí tenían lugar ejecuciones. No se podía haber escogido mejor ubicación para una de las esculturas más conocidas de Josep Llimona: Desconsol (1903).

A lado y lado del jardín donde está la escultura de Llimona se encuentran los edificios que fueron el palacio del gobernador, la capilla y el arsenal de la fortaleza, todos diseñados por el ingeniero flamenco Próspero de Verboom. El arsenal, un gran edificio barroco porticado, es hoy la sede del Parlament de Catalunya. Un lugar que nació para guardar armas convertido en la casa de la democracia. ¡Casi nada!

De camino hacia la salida del parque que da a la avenida del marquès de l’Argentera, se puede visitar el monumento a los voluntarios catalanes que participaron en la Primera Guerra Mundial del lado de Francia. Es de Josep Clarà y data de 1922. Por cierto, la hoja de parra que luce en cierta parte le fue añadida durante el franquismo. Sin comentarios…

El monumento al general Prim, que impulsó la devolución de la Ciudadela a Barcelona, se encuentra en la glorieta que está ante la entrada del zoo. La estatua actual la hizo Frederic Marès en 1945, ya que la anterior, que era de Lluís Puiggener, fue víctima de la iconoclastia de las juventudes libertarias de Gracia, que le ajustaron las cuentas al general por haber reprimido en el pasado una revuelta gracienca.

Los relieves del pedestal representan al general comandando a los voluntarios catalanes en la batalla de Tetuán (1860) y defendiendo ante sus compañeros del gobierno que la Ciudadela había de ser devuelta.

Salimos del parque por una verja flanqueada por dos esculturas de Venanci Vallmitjana que representan la Agricultura y la Marina. Una vez fuera, a la izquierda, veremos la estación de Francia. No lejos de aquí partió en dirección a Mataró el tren que inauguró la primera línea ferroviaria de España (28 de octubre de 1848).

Vale la pena entrar y alzar la vista para contemplar la espectacular estructura de hierro que la cubre, realizada por La Maquinista Terrestre y Marítima en 1929 según los planos del ingeniero Andreu Montaner i Sierra. Uno de los usos recientes que se ha dado a esta megaestación es albergar macrofiestas como la de fin de año.

Y hasta aquí este paseo. Fin de trayecto.

Enlaces relacionados con este recorrido:
Parc de la Ciutadella + Parlament de Catalunya + Zoo de Barcelona + Estación de Francia

Recorrido por la Barceloneta

junio 16, 2010

Este recorrido parte del pla del Palau y recorre el barrio de la Barceloneta hasta llegar al mar

Situada en una cuña de tierra entre el puerto y la playa, la Barceloneta es el más marinero de los barrios de la ciudad. Sin duda, un barrio cuyas calles y plazas se llaman Atlàntida, Mediterrània, Pinzón, Andrea Dòria, almirall Barceló, almirall Cervera, almirall Churruca, Mariners, Pescadors, Llagut… respira mar por todos los costados.

La Barceloneta nació en el siglo XVIII como un barrio de nueva planta destinado a albergar a los barceloneses que se habían visto privados de sus casas en la Ribera, a raíz de la construcción de la Ciudadela, y que malvivían en barracas en la Mar Bella.

Las obras fueron impulsadas por el capitán general de Cataluña, Juan Miguel de Guzmán Dávalos Spínola, marqués de la Mina, y se realizaron entre 1753 y 1760 bajo la dirección de los ingenieros Juan Martín Cermeño y Francisco de Paredes.

Nuestro recorrido parte de la antesala de la Barceloneta: el pla del Palau (metro línea 4, Barceloneta). El nombre se debe a que aquí (en la manzana que está frente a la fachada principal de la Llotja) hubo un palacio gótico que fue residencia de los capitanes generales y en el que se alojó la reina Isabel II durante su visita a Barcelona de 1846. Este palacio real fue destruido por un incendio en 1875.

El pla del Palau está lleno de edificios dignos de ser contemplados: la Llotja, los porxos d’en Xifrer, la fuente del Geni català y la Aduana Nueva. La Llotja es un magnífico edificio neoclásico (1802) del arquitecto Josep Soler i Faneca. Atesora en su interior una sala gótica de 1392, obra de Pere Arbey. En la edad media era un lugar de transacciones comerciales y fue la sede de la Bolsa de Barcelona hasta 1994, cuando se trasladó al paseo de Gracia.

La fuente del Geni català (1856), obra de Francesc Daniel Molina, fue levantada en honor de José Bernaldo de Quirós, marqués de Campo Sagrado, el capitán general que promovió en 1824 la canalización del agua potable de Montcada hasta Barcelona. Las estatuas sedentes representan las cuatro provincias catalanas y las cabezas de leones, los ríos Llobregat, Ter, Ebro y Segre. Para apreciar con detalle el monumento sin jugarse la vida en la jungla del asfalto hacen falta prismáticos.

Los porxos d’en Xifrer (1836) deben su nombre a un rico indiano, Josep Xifrer i Casas (1777-1856), quien hizo una gran fortuna exportando productos tropicales de Cuba a los Estados Unidos. Después de mucho tiempo por esos mundos, Xifrer compró en 1835 unos terrenos delante de la Llotja para construir el gran edificio donde fijaría su residencia definitiva. En la fachada del caserón se ven angelotes arrastrando sacos llenos de café, azúcar y tabaco, además de navegantes y descubridores, cuernos de la abundancia, indias con penachos… Por cierto, se dice que desde la terraza de esta finca Picasso pintó algunos de sus paisajes urbanos de Barcelona.

La Aduana Nueva es un edificio de estilo barroco con relieves alegóricos del comercio ultramarino. Fue proyectado como aduana marítima en tiempos de Carlos IV y se terminó en 1792.  Ante la puerta lateral hay dos farolas de Gaudí (1878) que son primas hermanas de las que hay en la Plaza Real, pero esta vez con tres brazos en vez de seis y con un coronamiento diferente.

Al continuar en dirección al mar pasamos junto a la Facultad de Náutica (1933), que se encuentra donde en otro tiempo hubo una puerta de la muralla de mar. Este portal del Mar fue derruido en 1834 y es tristemente célebre porque allí estuvo expuesta durante doce años, en el interior de una jaula, la cabeza del general Josep Moragues (1669-1715), uno de los protagonistas de la resistencia contra Felipe V. Cerca de la puerta de la facultad, un monumento inaugurado en 1999 le rinde tributo.

Cerca del monumento a Moragues se ven los Almacenes Generales de Comercio (hoy Palau de Mar), unos depósitos del antiguo puerto comercial proyectados por el ingeniero Maurici Garrán. Se construyeron entre 1885 y 1900 con acero y ladrillo. El Palau es actualmente la sede del Museu d’Història de Catalunya.

Continuamos por la gran vía de la Barceloneta, el paseo Juan de Borbón, y dejamos a nuestra izquierda, entre las calles Balboa y Ginebra, el Ensanche de la Barceloneta, una zona de finales del siglo XIX cuyo trazado contrasta con el resto del barrio. Las manzanas, los chaflanes y las casas recuerdan al Ensanche barcelonés, claro que a una escala menor, pues estamos en la Barcelona pequeña.

Seguimos por el paseo Juan de Borbón, un lugar muy animado en los días de buen tiempo, repleto de gente que va a la playa o vuelve de ella. Es una calle muy comercial, llena de terrazas y restaurantes de cocina marinera. La siguiente calle perpendicular es la calle de la Maquinista Terrestre y Marítima.

La Maquinista, que fue durante mucho tiempo la empresa metalúrgica y de maquinaria más importante de Cataluña, estuvo en la Barceloneta desde su fundación (1855) hasta que se trasladó a las nuevas instalaciones del barrio de Sant Andreu (1963). Quien recorra la calle hasta el final encontrará la puerta de la factoría, que permanece como vestigio del pasado. Fábricas metalúrgicas como esta atrajeron a la Barceloneta del siglo XIX a muchos obreros, que se añadieron a la población tradicional de marineros, pescadores y trabajadores del puerto.

La siguiente callecita perpendicular al paseo da acceso a la plaza de Sant Miquel, que toma el nombre de la iglesia (1755). El arquitecto fue Damià Ribas y sigue el modelo de las iglesias barrocas romanas. La fachada consta de dos cuerpos, el inferior dórico y el superior jónico. En el inferior hay tres puertas, coronadas con frontones y, sobre las laterales, dos óculos. En el superior hay una fornícula con una estatua de san Miguel y, encima, un frontón triangular rematado por una cruz y dos jarrones con frutas.

El interior de la iglesia tiene tres naves de la misma altura y es fruto de la ampliación que el arquitecto Elies Rogent hubo de hacer en 1863 a causa del gran crecimiento de la población del barrio. Conserva una imagen de san Miguel del retablo mayor de Lluís Bonifaç, que desapareció durante la guerra civil, igual que las esculturas de la fachada y el sepulcro del marqués de la Mina. La campana acabó en el mar, ¿dónde si no? Un esforzado buzo la rescató después de la guerra.

En el edificio que hay junto a la fachada de Sant Miquel, a la derecha, se ve una placa en honor del gran ingeniero Ferdinand de Lesseps, que vivió allí cuando era cónsul general de Francia en Barcelona. En otra fachada de la plaza hay otra placa que recuerda otro hecho importante. Quien la encuentre, seguro que se para a leerla…

La plaza de Sant Miquel es el corazón de la Barceloneta que levantaron los ingenieros militares a mediados del XVIII. Una Barceloneta de trazado rectilíneo, regular, ordenado, racional… Una Barceloneta cuyas casas (en un principio de planta baja y primer piso nada más) se agrupaban en manzanas alargadas, orientadas para recibir mucho sol y estar resguardadas de los vientos húmedos de levante. En fin, un modelo de urbanismo que contrastaba con el desorden de las calles de la Barcelona medieval. Claro que el Ensanche de Cerdà, un siglo más tarde, lo dejaría en pañales.

Justamente detrás de la iglesia (hay que tomar Sant Miquel, girar a la izquierda en Escuder y volverlo a hacer en la siguiente esquina), en la calle Andrea Dòria, hay una reproducción del Negre de la Riba, un antiguo mascarón de proa que en el siglo XIX adornaba la entrada de una tienda, para espanto de las criaturas. Una especie de “coco” de la Barceloneta, vamos. El original está en el Museo Marítimo.

Un poco más allá, en los números 30 y 32 de la calle Baluard encontramos una casa del siglo XVIII que responde al tipo de edificio destinado a almacén. En el siglo XIX fue una fábrica de jarcias y velas. Para ver una casa de viviendas del XVIII hemos de desandar nuestros pasos y seguir por Baluard hasta la calle de Sant Carles (por cierto, Carlos III era quien reinaba cuando se acabó de construir el barrio).

En el número 3 de la calle de Sant Carles, un ejemplo de cómo eran las casas de la Barceloneta primitiva: tenían una planta baja (con dos ventanas y una puerta central) y un primer piso (con otras dos ventanas y un balcón); estaban rematadas con una cornisa y un sencillo frontón, y cubiertas con teja. A partir de 1839, sucesivas autorizaciones permitieron construir más y más pisos, y variar el estilo arquitectónico (véase si no la casa de la esquina con Sant Elm, por ejemplo). Fue el adiós a las calles soleadas. ¡Ah, la especulación…!

Volvemos sobre nuestros pasos por Sant Carles. Enseguida, a mano izquierda, en la esquina con Sant Miquel, vemos un interesante edificio modernista. La siguiente finca modernista (1918), hoy biblioteca pública, fue la sede de la cooperativa de consumo La Fraternitat, fundada en 1879. Un recuerdo de la época en que los obreros de la Barceloneta, como los de tantos barrios industriales, se organizaban para comprar entre todos artículos de primera necesidad a buen precio, defender sus intereses laborales, tener acceso a la cultura o organizar su tiempo de ocio. Un movimiento asociacionista que sería destruido por el franquismo.

Ya que hablamos de destrucciones, más adelante, frente a la plaza del poeta Boscà (que ocupa el solar de lo que en el XVIII fue un cuartel de caballería), encontramos la calle Churruca. Esta calle, más ancha que otras del barrio, es consecuencia del “urbanismo de guerra” franquista, ya que fue “abierta” por los bombardeos aéreos. Tras la guerra civil se construyeron casas nuevas de un estilo muy diferente al tradicional. El puerto de Barcelona, los talleres navales Nuevo Vulcano (situados en el Moll Nou) y La Maquinista fueron objetivos estratégicos para los funestos aviones franquistas, y la población civil pagó las consecuencias.

De nuevo por Sant Carles, al final de la calle, encontramos la fuente de Carmen Amaya, obra de Rafael Solanich (1959). Nos recuerda que la gran bailarina gitana (1913-1963) nació y vivió en las míseras barracas del Somorrostro, que estuvieron aquí hasta 1966. Y es que la playa de la Barceloneta no siempre ha sido un espacio de ocio y diversión…

Y he aquí, unos escalones más arriba, el Paseo Marítimo, el mar y una de las playas más populares de Barcelona, repleta de bañistas en verano. A la izquierda, en dirección a Sant Adrià, se divisan el puerto y los rascacielos de la Vila Olímpica, otro barrio de nueva planta, nacido en este caso con los Juegos de 1992. Por si a alguien le apetece seguir caminando un rato más…

Enlaces relacionados con este recorrido:
Llotja de Barcelona + Facultad de Náutica + Museu d’Història de Catalunya + Mercado de la Barceloneta + Biblioteca de la Barceloneta + Barceloneta Digital

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Recorrido por el Poble Sec

abril 10, 2010

Este recorrido parte de El Molino, en el Paralelo, atraviesa el Poble Sec y acaba en la font del Gat de Montjuïc

El Poble Sec es un barrio acogedor cuyas calles se empinan hacia la falda de Montjuïc desde el Paralelo, entre el puerto y la calle Lleida. Hasta hace algo más de un siglo era un espacio rural, con huertos y campos, barracas de hortelano aquí y allá, y alguna que otra ermita.

Este territorio estuvo durante el siglo XVIII y buena parte del XIX a la “sombra” de los cañones de Montjuïc, que miraban desconfiadamente hacia la ciudad de Barcelona. Las ordenanzas militares que prohibían alzar edificaciones más altas de cinco metros, para evitar obstáculos a los proyectiles, fueron derogadas en 1869, poco después de que la revolución Gloriosa obligara a Isabel II a coger las de Villadiego. Pues bien, fue justo entonces cuando el barrio se empezó a urbanizar.

Se trazaron las calles, al margen del proyecto de ensanche de Cerdà (1859), que, lógicamente, no había previsto la derogación de las ordenanzas militares. Y aparecieron nuevas casas, ocupadas por las familias obreras que ya no cabían en el Raval, abarrotado hasta la asfixia.

Se instalaron también algunas fábricas que consumían agua a mansalva y que acabaron por convertir el lugar en un sediento poble sec. Entre ellas, algunas bòbiles que fabricaban ladrillos y baldosas y que vinieron a complementar la actividad ligada a la extracción de piedra de Montjuïc, mucho más antigua y que durante siglos había abastecido de material de construcción a los arquitectos barceloneses.

Nuestro recorrido se inicia ante El Molino (metro Paral·lel), un testimonio del tiempo en que esta avenida era la gran arteria del ocio nocturno para las clases populares de Barcelona. El teatro se inauguró en 1908 con el nombre de Petit Moulin Rouge y la intención de ser la versión barcelonesa del famoso Moulin Rouge parisiense.

Estaba especializado en music-hall y alcanzó su época dorada en la década de 1920, cuando la Bella Dorita era la gran estrella. Siempre fue un espacio transgresor de los límites de la “moral permitida”, incluso en tiempos de la censura franquista (por cierto, en tiempos de Franco, cuando el rojo era tabú hasta en los desfiles de moda, el Petit Moulin Rouge pasó a llamarse El Molino, a secas y en la lengua del régimen).

Tras años de decadencia, en 1997 dejaron de girar las aspas que había diseñado en 1913 el arquitecto modernista Josep Manuel Raspall. Por suerte, la presión de la plataforma vecinal “Fem girar el Molino” ha conseguido recuperar el edificio para usos culturales.

Desde aquí nos adentramos hacia el meollo del Poble Sec por la calle del Roser. Aunque pertenecen a la misma época que las del Eixample, estas calles son mucho más estrechas y no tienen árboles ni chaflanes. Cosas de la voracidad de los propietarios, que edificaron hasta el último palmo de terreno y alojaron en los edificios a tanta gente como pudieron.

Al llegar a Blai, giramos a la derecha. Se agradece encontrar una calle peatonal como esta entre tanta acera mínima. Blai no es una rambla, pero como si lo fuera. El ambiente de barrio en esta zona se percibe enseguida. De barrio obrero, claro está. Aunque quienes llegan al Poble Sec hoy vienen de mucho más lejos que los aragoneses, los gallegos o los andaluces de años atrás, siguen acudiendo a lo mismo de siempre, a trabajar duro.

 

Avanzando por Blai cruzaremos las calles Salvà (en cuyo número 58 se encuentra la primera casa que se levantó en el barrio) y Poeta Cabanyes (en cuyo número 95 nació Joan Manuel Serrat en 1943). En el número 33 de Blai veremos una casa de 1900 digna de ser admirada y, en el número 34, un edificio que hoy acoge el centro cívico y la biblioteca pública del barrio, pero que en su origen fue una escuela salesiana.

En la calle Tapioles destaca, además de la puerta modernista del número 12, la iglesia de Santa Madrona, obra del arquitecto Adrià Casademunt, inaugurada en 1888 por la reina regente María Cristina, acompañada por el futuro Alfonso XIII, que entonces era un niñito de dos años. No hace falta decir que una visita tan ilustre fue todo un acontecimiento para el barrio.

Como curiosidad, conviene recordar que la fachada trasera de la iglesia, que se puede ver tras la reja que hay en la calle Margarit, es del siglo XVIII. Había pertenecido al convento de Sant Joan de Jerusalem, que se encontraba donde hoy está la plaza de Antoni Maura (Via Laietana) y que fue derruido en 1886. La hornacina está vacía desde 1936 a causa de la furia iconoclasta de los anarquistas, que convirtieron la iglesia en garaje durante la guerra civil.

Si seguimos por Margarit de cara a la montaña, veremos tres curiosos edificios modernistas en los números 30, 32 y 34. En la fachada del 34, un esgrafiado alegórico representa la industria mediante la figura de una mujer que sostiene un enorme engranaje con más soltura que si llevara un cántaro vacío.

Tras girar a la derecha en la calle Magalhaes, descubriremos (y nunca mejor dicho) la plaza del Sortidor, que debe su nombre a la fuente, rematada por una escultura de Ceres (diosa romana de la agricultura), que hubo aquí entre 1874 y 1917. Gracias a la costumbre del Ayuntamiento de cambiar los muebles de sitio constantemente, la fuente para hoy por la plaza de Sant Jordi, en la montaña de Montjuïc.

Al final de Magalhaes, giramos a la derecha por Concordia y a la izquierda por Olivera, dejamos atrás la plaza Navas y llegamos a la plaza de Santa Madrona, rincón agradable que nos recuerda que el barrio se llamó oficialmente en su origen Eixample de Santa Madrona, un nombre que acabó siendo desbancado por el popular de Poble Sec.

Al final de Olivera daremos con la calle Lleida y entraremos en una zona que debe su aspecto a las obras de la Exposición Internacional de 1929. La escuela pública Mossèn Cinto Verdaguer (1931) es el fruto de la remodelación del pabellón de oficinas de la exposición por el arquitecto Joan Bruguera.

Más arriba, en el paseo de Santa Madrona, está el palacio de la Agricultura, obra de Manuel María Mayol y Josep Maria Ribas. Hoy forma parte de la Ciutat del Teatre, un conjunto de instalaciones rehabilitadas entre 1985 y 2002 para formar a futuros actores y actrices y para representar espectáculos teatrales.

Enfrente, el palacio de las Artes Gráficas, obra de inspiración renacentista de Raimon Duran i Reynals y Pelai Martínez, acoge desde 1935 el Museu d’Arqueologia de Catalunya. Es una visita obligada para quienes deseen sumergirse en las épocas más remotas de la historia de Cataluña.

Si continuamos por el paseo de Santa Madrona daremos con la entrada a los jardines Laribal (1918-1922), que fueron diseñados por el ingeniero francés Jean Claude Forestier. Dentro del recinto de los jardines se encuentran el Teatre Grec (1929), construido al aire libre por Ramon Reventós en el hueco de una antigua cantera, el Museu Etnològic (1948) y la Fundació Miró(1974), que acoge en un edificio de Josep Lluís Sert el legado artístico de Joan Miró.

Y también se halla la font del Gat, el más popular de los manantiales de Montjuïc a los que la gente acudía para hacer fontades, es decir, reuniones junto a una fuente en las que se comía, se bebía, se celebraban fiestas populares y se galanteaba (la font Trobada, la Satàlia, la Conna, la font dels Tres Pins, la Magnèsia, etc.).

Durante el siglo XIX, la gente humilde del Raval y el Poble Sec acudía a estos parajes naturales los días de fiesta. Lo hacían a golpe de alpargata, claro está, ya que los coches de caballos, y más tarde los automóviles, eran privilegio de unos pocos, que podían desplazarse hasta sus torres en las faldas de Collserola (Gracia, la Salut, Vallcarca, Horta, etc.).

En la font del Gat había un merendero muy concurrido, tal vez porque se decía que sus aguas tenían un efecto beneficioso para el estado de ánimo y la salud. Según la leyenda, el primero en darse cuenta de estas propiedades fue un gato que no paraba de maullar junto al manantial.

A partir de 1918, en el marco de las obras de ajardinamiento de la montaña, el merendero fue transformado en un restaurante por Josep Puig i Cadafalch. Todas estas reformas “domesticaron” la fuente y su entorno, hicieron que perdiera parte de su encanto y contribuyeron a que fuera cayendo poco a poco en desuso.

Enlaces relacionados con este recorrido:
Centro de Recerca Històrica del Poble Sec + El Molino + Biblioteca del Poble Sec + Ciutat del Teatre + Museu d’Arqueologia de Catalunya + Jardins Laribal + Museu Etnològic + Fundació Miró

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Recorrido por el Raval

marzo 22, 2010

Este recorrido sigue las calles Carme, Hospital y Riereta, y culmina con la visita a Sant Pau del Camp y las Drassanes

El Raval nació en la edad media como un barrio delimitado por la muralla del siglo XIII (la actual Rambla) y la muralla del siglo XIV (que seguía el Paralelo y las rondas de Sant Pere y Sant Pau). A causa de la hecatombe demográfica provocada por la peste negra de mediados del siglo XIV, el Raval medieval no llegó a poblarse (a excepción del triángulo comprendido entre la Rambla, la calle del Carme y la del calle Hospital). Así, durante mucho tiempo fue un barrio de huertos y conventos. Por fin, durante el siglo XIX, de la mano de las transformaciones ligadas a la industrialización, el Raval se urbanizó y se convirtió en un populoso barrio obrero.

Pues bien, este recorrido parte de la Rambla y se adentra hacia el corazón del Raval. En el número 105 de la Rambla está la casa Francesc Piña, más conocida como El Regulador, pues así se llamaba la relojería que en otro tiempo hubo aquí. El edificio es obra de Josep Fontseré i Domènech (1850) y conviene pararse a contemplar su fachada rosada, con sus falsas columnas jónicas y sus angelotes en lo más alto.

Justo enfrente, en la esquina de la Rambla con la calle del Carme, se alza la iglesia de Betlem, un notable templo barroco construido por la Compañía de Jesús (1732). Tras su puerta principal (decorada profusamente con esculturas –san Ignacio y san Francisco de Borja–, relieves, columnas salomónicas, volutas, un óculo…), el interior presenta la típica estructura de los templos jesuíticos (una amplia nave con capillas laterales conectadas entre sí –de modo que es posible pasar de una a otra sin necesidad de volver a la nave– y, encima, tribunas reservadas a las clases ricas).

Si continuamos Carme adelante, hallaremos en el número 24 los almacenes El Indio, con su fachada modernista tardía (1922), que alcanzaron su mejor época antes de la guerra civil, gracias a la venta de telas de lujo que se importaban de Londres y París.

En el número 47, tras una pesada reja, encontramos a mano izquierda la Reial Acadèmia de Cirurgia i Medicina (1764), de Ventura Rodríguez, un edificio con una sobria fachada neoclásica y cuyo interior atesora una sala de disección circular, con una mesa de mármol en el centro y una gradería de sillas de madera y bancos de piedra alrededor. A la derecha, y hasta la calle del Hospital, se alzan imponentes las diversas construcciones del antiguo Hospital General de la Santa Creu.

Este gran hospital se empezó a construir en 1401, en tiempos del rey Martí l’Humà, por decisión del Consell de Cent, que pretendía centralizar en una única sede todos los hospitales de Barcelona. Durante los siglos en que fue la principal institución de salud de la ciudad, experimentó diversas ampliaciones. En 1926 se trasladó al Hospital de la Santa Creu i de Sant Pau.

Al cambiar de ubicación, sus dependencias fueron ocupadas por el Institut d’Estudis Catalans, la Biblioteca de Catalunya y la Escola Massana (una escuela de bellas artes). Más tarde se abrió una biblioteca popular. Así pues, hoy es un microcosmos dedicado a la cultura y el arte.

La Casa de Convalecencia (1655-1678), concebida como edificio para enfermos que estaban a punto de recibir el alta, fue edificada gracias al legado testamentario del caballero Pau Ferran, un mercader que nació en la miseria y murió en la opulencia. El patio presenta dos pisos con arcadas. El superior tiene el doble de arcos que el inferior. En el centro hay un pozo coronado por una estatua de san Pablo, obra de Lluís Bonifaç (1678), en honor del benefactor.

El patio central del hospital, obra de Guillem Abiell (1417), es el corazón de la parte más antigua del conjunto. Tiene dos escalinatas señoriales (1585) que conducían a las enormes salas donde se alojaban los enfermos. Cada una de ellas está guardada por una imagen (la Caridad y san Roque, abogado contra la peste). La cruz y la columna salomónica son del siglo XVII. Este jardín apacible, poblado por naranjos y acacias, invita a olvidarse de las prisas, la circulación y los bocinazos.

De nuevo en la calle del Carme, en la esquina con Egipcíaques hay otra imagen de San Pablo y una inscripción en honor de Pau Ferran, junto con su escudo (obra de Domènec Rovira el Jove, 1668). En la acera de enfrente, una fuente de 1931 que resultó destrozada en marzo de 1938, durante un raid aéreo, y que tuvo que ser reconstruida; junto a ella, una placa rinde tributo a las víctimas de los bombardeos franquistas, muchas de las cuales perecieron a causa de las bombas que cayeron en estas calles.

Más adelante, en el número 63 y en la esquina con Riera Alta, dos establecimientos modernistas, el bar Muy Buenas, que tiene casi un siglo de historia, y la de la farmacia Casellas, más que centenaria.

Seguimos avanzando, siempre por Carme. En el número 106 encontramos un caserón de finales del siglo XVIII que fue la residencia de Erasme de Gònima, el industrial que creó la mayor fábrica textil de la Barcelona de su tiempo. Esta fábrica, que daba empleo a mil obreros, estaba en la actual calle de Erasme de Janer (nombre de su nieto, que heredó el negocio) y fue visitada en 1802 por Carlos IV.

La plaza del Pedró es el corazón del Raval medieval. Según la tradición, en este lugar, que era una confluencia de caminos, fue clavada santa Eulalia en una cruz en aspa y se produjo la nevada milagrosa que cubrió su cuerpo desnudo. El Consell de Cent lo quiso conmemorar en 1673 alzando un monumento en honor de la que entonces era la patrona de la ciudad (hoy lo es la Mercè). El aspecto actual de este monumento data de la restauración de 1997.

En esta misma plaza, a espaldas de la santa, se encuentra, encajonada entre edificios modernos, la capilla de Sant Llàtzer (siglo XII), que formó parte en la edad media del hospital de leprosos. Desde la calle de Sant Llàtzer se puede contemplar el ábside, de estilo inconfundiblemente románico.

Nuestro siguiente objetivo es la iglesia de Sant Pau del Camp. Para llegar hay que seguir la calle del Hospital hasta el gran rótulo de un parking, girar a la derecha por calle de la Cera y, a continuación, recorrer hasta el final la calle Riereta, popularmente conocida en otro tiempo como la calle del Ruido por el estruendo de las máquinas de sus fábricas.

En el número 3 de la Cera y en los números 10, 21, 29, 35, 37… de Riereta hay asociaciones y antiguas factorías que recuerdan que en el siglo XIX este era un barrio industrial cuyos obreros que se organizaban para tener acceso a la cultura o reivindicar jornadas laborales humanas, el derecho de asociación, sueldos dignos, viviendas habitables, la limitación del trabajo infantil…

El Raval fue uno de los principales escenarios de la huelga general de 1855. En la calle de la Cera tuvo su sede el sindicato les Tres Classes de Vapor, fundado en 1869, que agrupaba a fabricantes de hilo, tejedores mecánicos y preparadores de hilo. También los hechos de la Semana Trágica fueron particularmente graves aquí. En fin, la lista de ejemplos de aquellas luchas sociales y políticas sería inagotable…

Al llegar a la calle de Sant Pau, en el número 92, se puede ver lo que fue la entrada de la España Industrial. Esta fábrica textil empezó a funcionar en 1839 y en 1847 se mudó a Sants. Cerca, una solitaria chimenea marca el lugar donde un día hubo otra factoría. Más y más vestigios de la época en que los vapores llenaban de humo el barrio.

Quien decida asomarse a la Rambla del Raval, paralela a Riereta en dirección al centro de Barcelona, no puede perderse la estatua de Fernando Botero (a la altura del número 24) ni el lugar donde murió Salvador Seguí (esquina de la calle Sant Rafael con el número 17 de la Rambla).

El descomunal gato de Botero es de bronce y pesa 2.200 kg. Desde luego, se le nota que “está de buen año”. Fue instalado aquí en el año 2003, tras recorrer de tumbo en tumbo la ciudad. Antes había estado en el parque de la Ciudadela, junto al estadio de Montjuïc y en la calle Portal de Santa Madrona, en un rincón sombrío, pegado a un muro y apenas transitado. El enfado del escultor colombiano por semejante marginación fue monumental, y nunca mejor dicho… Hoy, por fin, este antiguo nómada descansa en un lugar donde se deja admirar. De hecho, se ha convertido en una de las esculturas más fotografiadas de la ciudad.

Salvador Seguí fue un destacado dirigente anarquista que cayó abatido el 10 de marzo de 1923 por los pistoleros a sueldo de la patronal catalana. Los primeros años de la década de 1920 fueron una época de violentas luchas sociales entre los empresarios y los sindicatos. Entre 1920 y 1923 murieron en las calles de Barcelona más de doscientas personas a manos de los matones de unos y otros. Otra vez, el Raval fue uno de los escenarios de aquellos enfrentamientos y Salvador Seguí, una de las víctimas más destacadas.

La Rambla del Raval es un espacio nuevo que se ha convertido en la espina dorsal del “Ravalquistán”. Fue abierta entre 1997 y 2000, en el marco de las obras de rehabilitación del barrio promovidas por el Ayuntamiento. Como ocurrió a principios del siglo XX con la apertura de la Via Laietana, estas reformas tuvieron un elevado precio para el patrimonio histórico de Barcelona. Por ejemplo, la desaparición de Can Buxeres (un edificio modernista del arquitecto Antoni Serrallach) y de una farmacia modernista de Puig i Cadafalch, que se encontraban en la calle Hospital. Las protestas de quienes intentaron evitar el destrozo cayeron en saco roto.

Sant Pau del Camp (siglo XIII) es la iglesia románica más bien conservada de la ciudad. Formó parte de un antiguo monasterio benedictino a las afueras de Barcelona, en pleno campo, del que se tiene constancia documental desde el año 912 y que hubo de ser reconstruido tras el saqueo de Barcelona por el ejército musulmán de Almanzor (año 985).

El templo es de planta de cruz griega, tiene tres ábsides y está coronado por una torre campanario. En su interior alberga los restos del fundador del monasterio, el conde Guifré II Borrell (hijo de Guifré el Pilós, el legendario “diseñador” de la senyera), y también un pequeño claustro que es una verdadera joya.

La fachada está decorada con arquillos ciegos que descansan sobre ménsulas con forma de cabezas; dos columnas con capiteles visigóticos de mármol; una curiosa mano de Dios; un Cristo en majestad junto a san Pedro y san Pablo, y los símbolos de los cuatro evangelistas. En el dintel de la puerta, una inscripción en latín vende la vida eterna: Haec domini porta via est omnibus horta ianva sum vitae (“Esta puerta es el camino del Señor para todos, el portal del huerto de la vida”). En lo más alto, los restos de la fortificación que protegía la entrada de posibles ataques nos recuerdan, no obstante, que no todos los que pasaron por aquí aceptaron de buen grado la invitación a entrar en paz.

Por la calle abat Safont, con las chimeneas de lo que fue una fábrica de electricidad como punto de referencia, llegamos a la plaza de Raquel Meller, presidida por una estatua de Josep Viladomat en la que la artista aparece interpretando La violetera, quizá su cuplé más conocido junto con El relicario.

Estamos en el Paralelo, la gran avenida inaugurada en 1894 cuyo trazado coincide con el paralelo geográfico 41° 22’ 33’’ norte. Fue el astrónomo Josep Comas i Solà (1868-1937) quien divulgó esta coincidencia. Gracias a las observaciones astronómicas de este barcelonés ilustre, hoy hay un asteroide que lleva el nombre de Barcelona.

Durante el primer tercio del siglo XX, el Paralelo se convirtió en un animado mundo de teatros, cafés cantantes y music-halls que trataban de recrear la bohemia nocturna de París. En torno a estos locales también se desarrolló un submundo de prostitución y marginalidad. Los teatros Apolo y Arnau son algunos de los escasos vestigios que se conservan de aquel ambiente que vio triunfar a Raquel Meller, la Bella Chelito y la Bella Dorita, entre muchas otras artistas.

En el último tramo del Paralelo se conserva un lienzo de la muralla que Pere III el Cerimoniós construyó en el siglo XIV. En una de las torres se abre la puerta de Santa Madrona, en un aparente estupendo estado de conservación. Lo cierto, no obstante, es que lo que vemos se debe a una restauración realizada con más bien poco rigor histórico en 1952.

Tras las murallas se encuentran las Drassanes (siglo XIV), los talleres medievales de construcción de barcos más bien conservados del mundo. Con ocho naves, sus dimensiones son enormes. Hoy albergan el Museo Marítimo, donde se puede ver la reproducción de la galera capitana que Juan de Austria comandó en la batalla de Lepanto (1571) y el submarino Ictíneo I de Narcís Monturiol (1859). Y al otro lado del Paralelo, en dirección a la montaña, el Poble Sec, que nos ocupará en otro paseo.

Enlaces relacionados con este recorrido:
La Rambla + Institut d’Estudis Catalans + Academia de Medicina + Biblioteca de Catalunya + Biblioteca de Sant Pau + Escola Massana + MACBA + CCCB + Museo Marítimo + Ravalnet

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Recorrido por el barrio Gótico

febrero 23, 2010

Este recorrido parte de la plaza Nova y nos conduce, tras visitar la Catedral y la plaza de Sant Jaume, hasta la plaza del Rey

La Colonia Faventia Julia Augusta Paterna Barcino fue fundada hacia el año 20 a. de C. sobre una pequeña elevación cercana a la playa, el Mons Taber, en cuyo centro se erigió el foro, el núcleo religioso y administrativo de la ciudad. Como tantas otras ciudades levantadas por los romanos, Barcino estaba amurallada. Dos vías principales, el cardo maximo y el decumanus unían las cuatro puertas de la ciudad con el foro.

En la plaza Nova, junto al Palau Episcopal, encontramos una de estas cuatro puertas, flanqueada por dos de las torres de las murallas. Junto a la torre de la izquierda se aprecia la reconstrucción de un arco de uno de los acueductos que abastecían de agua la ciudad.

Barcino fue una importante plaza fuerte, sobre todo cuando, a raíz del devastador saqueo bárbaro del año 270 d. de C., sus habitantes se apresuraron a reforzar las murallas ampliando su grosor y elevando las 78 torres de defensa hasta 18 metros de altura. La prisa por fortalecerlas hizo que los barceloneses echaran mano de toda clase de materiales “de construcción”, incluyendo estatuas del foro, columnas, lápidas funerarias y otros restos monumentales que han convertido las murallas en un verdadero filón de hallazgos para los arqueólogos.

Si quisiéramos recorrer las calles que hoy siguen el trazado de las antiguas murallas deberíamos seguir la avenida de la Catedral, Tapineria, Sots-tinent Navarro, Correu Vell, Avinyó, Banys Nous y la calle de la Palla. Pero optaremos en esta ocasión por atravesar la puerta en dirección a la calle del Bisbe para adentrarnos en la Barcelona medieval.

Tras ascender por un puente levadizo imaginario, nos encontramos a mano izquierda con Ca l’Ardiaca, un edificio del siglo XVI que ha tenido diversos usos antes de convertirse en Arxiu Històric de la Ciutat. De principios del siglo XX, época en que fue sede del colegio de abogados, conserva un curioso de buzón de Domènech i Montaner cuya tortuga representa la irritante lentitud judicial.

Podemos acceder al patio interior a través de una puerta renacentista decorada con bucráneos (cabezas de buey) y guirnaldas. El patio gótico es uno de esos rincones deliciosos que invita a la meditación mientras se escucha fluir el agua de la fuente.

A continuación, tras visitar la capella de Santa Llúcia (la única parte románica de la Catedral), nos dirigimos a la puerta principal de la Catedral. La Catedral es una verdadera joya del gótico que se comenzó a construir en 1298. Pero, ¡atención!, que no es oro todo lo que reluce. La portada monumental y el cimborrio que aparece sobre nuestras cabezas nada más entrar datan de 1913. Por cierto, se dice que cuando Gaudí contempló la nueva fachada por primera vez decidió que no volvería a pasar nunca más por delante…

Echando cuentas se ve que la catedral tardó más de 600 años en ser concluida. “Sembla l’obra de la seu!”, se suele decir para expresar enfado ante la lentitud ajena. No es difícil imaginar de dónde proviene esta expresión.

La catedral gótica (siglo XV) ocupa el lugar de una iglesia románica (siglo XI) que había sustituido a una mezquita (siglo VIII), que a su vez ocupaba el sitio de la basílica paleocristiana (siglo IV) que había desplazado al templo de Augusto (siglo I a. de C.). Nos encontramos, pues, en lo que durante siglos ha sido el centro espiritual de la ciudad.

La Catedral contiene tal profusión de obras de arte que resulta difícil decidir por dónde comenzar. Conviene no pasar por alto la capella del Santíssim Sacrament, donde se conserva el Cristo de Lepanto (siglo XVI). Según la tradición, durante aquella batalla se obró un gran milagro: el Cristo se movió para esquivar una bala de cañón. Como, por lo visto, con un milagro era suficiente, decidió no volver a su posición original y desde entonces se encuentra inclinado hacia un lado. Quienes no “comulguen” con esta explicación deberán atribuir la postura de la escultura a la voluntad del artista de captar el gesto de dolor de un Cristo agónico…

En el centro de la catedral encontramos una muestra exquisita del arte de la madera: los respaldos y los pináculos de las sillas que ocupaban los canónigos y el obispo en el coro (siglo XIV). Los escudos de los respaldos pertenecen a los miembros de la Orden del Toisón de Oro, reyes y nobles de toda Europa que en 1519 fueron convocados a reunirse en Barcelona por el emperador Carlos V. Las escenas en mármol del martirio de santa Eulalia que cierran el coro son de Bartolomé Ordóñez y Pedro Villar (siglo XVI).

Las capillas laterales y del ábside contienen retablos góticos, renacentistas y barrocos, y son algunos de los pocos de la ciudad que se salvaron de la gran quema de arte religioso que tuvo lugar en julio de 1936, durante la guerra civil española. En la cripta situada bajo el altar mayor se encuentra el sarcófago de alabastro que contiene los restos de santa Eulalia, la antigua patrona de la ciudad. Las esculturas son obra del italiano Lupo di Francesco (siglo XIV).

En caso de experimentar los síntomas del síndrome de Stendhal, resulta de lo más recomendable subir a tomar el aire a la cubierta de la Catedral (tras pagar un “donativo”) o salir al claustro a respirar un poco. Desde la cubierta se puede observar la estatua de santa Elena que corona el cimborrio. La tradición cristiana atribuye a esta santa el mérito de haber hallado la vera cruz. El claustro (siglo XV) es un lugar apacible, o al menos pretende serlo, que invita a sentarse en un poyo de piedra, a contemplar las ocas (por cierto, hay tantas como martirios padeció santa Eulalia) y a deambular mientras se observan los escudos de los gremios medievales.

Tras abandonar el claustro por la puerta que da a la calle del Bisbe y recorrer un breve trecho de la calle de Sant Sever, al girar a la derecha llegamos a uno de los rincones con más encanto de la ciudad: la plaza de Sant Felip Neri. Se trata de una pequeña plaza cuya tranquilidad invita a quedarse. Apoyados en la fuente octogonal, podemos contemplar la iglesia barroca de Sant Felip Neri (1752).

Dice una leyenda urbana que aquí tuvieron lugar algunos fusilamientos durante la guerra civil. No-es-cier-to. Las marcas de las paredes fueron causadas por la metralla de los bombardeos aéreos a que la aviación franquista sometió a Barcelona, y bien se nota que no tienen aspecto de balazos. En esta misma plaza murieron 42 personas (entre ellas, muchos niños) en enero de 1938, durante uno de aquellos funestos bombardeos. La catedral y sus alrededores fueron uno de los objetivos prioritarios de la aviación italiana que operaba desde Mallorca en aquellos años terribles. De hecho, la actual avenida de la Catedral surgió tras la demolición de las casas afectadas por las bombas.

Junto a la iglesia se encuentra la casa del gremi de sabaters (hoy Museu del Calçat Antic), un edificio renacentista que fue trasladado en 1943 piedra a piedra hasta aquí desde su ubicación original, la calle de la Corribia, desaparecida a raíz de los bombardeos de la guerra civil. En la fachada se pueden ver los símbolos de los zapateros y el león de san Marcos, patrón del gremio. A su lado, la casa del gremi de calderers (siglo XVI) también tiene una historia ajetreada. Dejó su plaza del Oli “natal” hacia 1908, cuando se estaba construyendo la Via Laietana, y anduvo por la plaza Lesseps antes de llegar aquí.

Regresamos a la calle del Bisbe, siguiendo de nuevo el cardo maximo romano, y nos dirigimos hacia la plaza de Sant Jaume, que toma su nombre de la iglesia que hasta 1824 hubo allí. Hoy es la sede del Ajuntament de Barcelona y de la Generalitat de Catalunya.

Tras pasar bajo el arco neogótico (1928) que une el Palau de la Generalitat con la Casa dels Canonges (residencia oficial del President de la Generalitat), llegamos a la fachada medieval de la Generalitat (siglo XV), la más antigua de las dos fachadas monumentales del edificio. Destacan en ella el medallón, las gárgolas y los pináculos que el joven escultor Pere Joan realizó cuando tan sólo tenía 20 años.

En el medallón hay un sant Jordi matando al dragón y, en las gárgolas que lo flanquean, aparecen la princesa salvada y un monstruo cogido por dos niños que parecen quererlo amansar. Se dice que los diputados que encargaron las esculturas quedaron tan satisfechos por el resultado que pagaron a Pere Joan el doble de lo que se había estipulado en el contrato.

Ya en la plaza de Sant Jaume, el corazón político y administrativo de Barcelona, podemos detenernos a contemplar la fachada renacentista de la Generalitat (1602). Su autor, Pere Blai, se inspiró en el palacio Farnese, construido por Miguel Ángel en Roma. La distribución en tres pisos aparece acentuada por el uso de piedras de diferentes tonos cromáticos. La escultura de sant Jordi, muy posterior, es obra de Andreu Aleu (1860).

Al otro lado de la plaza, podemos observar la fachada neoclásica del Ajuntament (1847), obra de Josep Mas i Vila. Las esculturas que flanquean la puerta representan a Jaume I y a Joan Fivaller, dos figuras de especial valor simbólico para la historia de la ciudad. Jaime I fue el monarca que concedió a la ciudad la autonomía municipal y Joan Fiveller, el conseller que a principios del siglo XIV salió en defensa de las libertades catalanas al exigir al mismísimo rey Fernando I el pago del impuesto llamado vectigal.

No obstante, la fachada más valiosa del Ayuntamiento se encuentra en la calle de la Ciutat. Esta fachada gótica (siglos XIV-XV) es obra de Arnau Bargués y en ella destaca, sobre la puerta, la imagen del arcángel san Rafael y los escudos de la ciudad y del rey Pere el Cerimoniós. En la parte derecha se pueden observar los estragos causados en esta fachada por la construcción de la neoclásica. En la esquina de la izquierda, una imagen de santa Eulalia muestra en un brazo los desperfectos que padeció durante el Trienio Liberal (1820-1823). Y una anécdota más: el poyo con escaleras adosado a la pared servía para que los consellers, los magistrados de Barcelona, pudiesen subir cómodamente a sus caballos.

Volvemos sobre nuestros pasos y atravesamos otra vez la plaza para dirigimos a la calle Paradís. En el pavimento del número 10 de esta calle encontramos una rueda de molino que marca el centro de la antigua ciudad romana y, en la pared, la modesta altura del Mons Taber sobre el nivel del mar. Al acceder al patio del Centre Excursionista de Catalunya encontramos cuatro columnas del templo de Augusto, un altiva construcción cuya figura dominaba el foro. Fueron descubiertas en 1905, durante una remodelación del Centre.

Volvemos de nuevo sobre nuestros pasos para tomar la calle de la Llibreteria, sobre el trazado del antiguo cardo maximo, y la calle del Veguer. De repente nos plantamos en la plaza del Rey, el centro del poder real en la Barcelona medieval.

A nuestra izquierda, el Palau del Lloctinent, una gran mansión del siglo XVI que fue la sede del virrey (o representante del monarca) en tiempos de los Austrias, y también de la Inquisición, el tribunal encargado de perseguir las herejías.

Frente a nosotros, el Mirador del Rei Martí, una torre del siglo XVI que casi merece ser llamada rascacielos, y los ventanales del Saló del Tinell (1370), el gran salón gótico para actos oficiales del Palau Reial Major.

En la esquina, las escalinatas donde en 1492 el payés Joan de Canyamàs hirió con un puñal a Fernando el Católico, un hecho que a punto estuvo de costarle la vida al rey (de la suerte que corrió el regicida frustrado, mejor no hablar).

A nuestra derecha, la airosa torre de la capilla real de Santa Àgata, construida sobre la muralla romana por el rey Jaume II (siglo XIV).

A nuestra espalda, finalmente, la casa Clariana-Padellàs, un palacio del siglo XIV que fue trasladado piedra a piedra en 1930 desde la calle Mercaders hasta su ubicación actual. Hoy alberga el Museu d’Història de la Ciutat. La visita al museo es muy recomendable, ya que permite descender a la Barcino romana, admirar el Saló del Tinell y la capella de Santa Àgata y disfrutar de una vista privilegiada desde el Mirador del Rei Martí. Feliz visita.

Enlaces relacionados con este recorrido:
Ca l’Ardiaca + Catedral + Generalitat + Ajuntament + Centre Excursionista de Catalunya + Arxiu de la Corona d’Aragó + Museu d’Història de la Ciutat

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